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Dos años de espera y no hay rastro alguno de Byron Amagua

María Toapanta muestra la foto de su hijo, Byron Amagua, quien desapareció tras la celebración del Inti Raymi. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Sobre el escritorio de su habitación, María Toapanta colocó una fotografía de Byron Amagua, su hijo. Junto a él aparece la imagen de Jesucristo. Todo comenzó cuando se enteró que él había desaparecido. “Encendí una vela y recé para que nada malo le ocurriera”.

El joven tenía 23 años y fue visto por última vez el 23 de junio del 2019. Su madre recuerda que ese día, Byron y su padre, Víctor, celebraron el Inti Raymi, en el sector de Cotocollao, en el norte quiteño.

A las 19:00 se despidieron y acordaron encontrarse a las 07:00 del día siguiente, en el sector de la Real Audiencia, para trabajar juntos como albañiles en una construcción. El hijo no llegó a ese encuentro.

Su padre lo llamó al celular y no contestó. Las comunicaciones entraban al buzón de voz. Entonces fue a la casa del chico, en el barrio San Enrique de Velasco, en donde vivía solo.

Cuando llegó se percató de que no estaba allí. No había llegado a dormir. La cama estaba tendida. Víctor avisó de lo ocurrido a Mayra, su otra hija.

Ella pensó que su hermano se había quedado a dormir en la casa de un amigo y que pronto aparecería, pero no lo hizo. A la hora del almuerzo, Mayra recibió la llamada de una tía.

Le pregunto si sabía dónde estaba Byron, pues él no había ido a almorzar a su vivienda como lo hacía a diario. “En ese momento me preocupé, pensé que algo malo le pasó”.

Ahora, Mayra solamente mira las fotos. Es jueves por la tarde. La mujer se levanta, camina y coge un álbum. Abre la primera página y observa el rostro de su hermano. Mientras lo toca recuerda todo lo que ha hecho hasta el momento para encontrarlo.

Durante las primeras horas se comunicó con los amigos, pero nadie sabía de su paradero. Difundió sus fotos en redes sociales. “Tenía la esperanza que ese día aparezca o sepamos algo de él. De la preocupación ni siquiera dormí”.

Al día siguiente, a las 08:00, sus padres fueron a poner una denuncia en la Dinased (unidad de Policía que busca a personas desaparecidas). Mientras tanto, Mayra creó un grupo familiar en WhatsApp y convocó a una reunión en su casa a las 10:00. Ella contó lo ocurrido a sus parientes y pidió ayuda para localizarlo.

Entre todos prepararon cientos de afiches de búsqueda. Uno de sus primos hizo el diseño con una de sus imágenes y una de sus tías prestó su impresora. “Como no teníamos suficientes recursos económicos, todos mis familiares aportaron con dinero para hacer los carteles; hasta reciclamos hojas”.

También elaboraron una bandera gigante con tela y pintura en espray. Mayra recuerda que el primer fin de semana después de la desaparición, ella, sus padres, sus hermanos, tíos y primos salieron a pegar afiches en diferentes sectores de la ciudad. Recorrieron los barrios de La Roldós, Pisulí, La Ofelia, Cotocollao y Calderón.

Mientras unos colocaban los carteles en postes, paradas de autobuses, tiendas e iglesias, otros recorrían las calles con la bandera de tela que decía “Ayúdanos a encontrarlo”.

Allí aparecía el nombre del joven y su rostro. Así pasaron desde las 08:00 hasta 15:00. Al día siguiente lo buscaron en hospitales, hasta las 23:00.

Fueron al Eugenio Espejo, al Docente de Calderón, al Seguro Social del Sur y otros.

En cada centro de salud, los padres enseñaban una foto y preguntaban al personal médico si se encontraba ahí.
Sin embargo, les decían que nadie con esas características había sido atendido.

María cuenta que a las dos semanas también fue a la morgue en Quito. En ese lugar, el personal le mostró las gráficas de los cuerpos que habían sido ingresados, pero ninguno correspondía a Byron.

La madre cuenta que cada mes acude a la Fiscalía de Pichincha para averiguar avances en el proceso y pedir agilidad en las indagaciones. Al año de la desaparición se dispuso la búsqueda en la quebrada más cercana a la casa del chico.

Agentes metropolitanos, canes de la Policía y personal de la Dinased hicieron un barrido y encontraron un hueso.
Esa osamenta fue cotejada con el ADN de la madre, pero hace tres meses le informaron que los restos no correspondían al joven. La madre llora.

Cuenta que sin él estos años han sido duros, no solo para ella sino también para su nieta Sofía. Ella es hija de Byron.

Cuando él desapreció, la pequeña tenía 2 años de edad y estuvo con psicólogo. Aunque no vivían juntos, no aceptaba el hecho de que su padre ya no esté con ella y con la familia. Hoy, siempre habla de él y espera que regrese a casa.

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