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La Tempestad

En su obra “La Tempestad”, Shakespeare relata que Próspero, duque de Milán, a quien, años atrás, su hermano había despojado del trono con la complicidad del Rey de Nápoles, urde una venganza y, ayudado por Ariel, espíritu etéreo, agita los mares y produce una tremenda tempestad en la que naufraga el barco en el que viajaban el Rey y su hijo. Entonces, Ariel describe a Próspero el horror y confusión de la tragedia, a cuya vista no pudo menos que exclamar “El infierno está vacío y todos los demonios se encuentran aquí”.

¿Podría alguien dudar que en 2007 llegaron, en migrante tropel, esos demonios que construyeron aquí su guarida, posesionándose del país como dueños absolutos y usándolo para sus maléficos hábitos, contrarios a los que la franciscana ciudadanía ecuatoriana -isola pacis- tenía como fama bien ganada? Tal éxodo demoníaco cayó como una peste en nuestro Ecuador ocupando, de altillos a sótanos, el viejo palacio de Carondelet, deteriorando su estructura y transmutando la piedra sólida de sus tradiciones éticas en acomodaticia plastilina, apta para infiltrarse hasta dar forma a judicaturas y legislaturas, todo ello disfrazado y oculto en promesas de amor al pueblo que, mientras más proclamadas, más se parecían al uso remunerativo del poder. ¿Y quien pondría en duda que el arcángel de los caídos demonios, cambiando de domicilio, lo tiene fijado ahora en la capital de Europa, desde donde esporádicamente deja oír bramidos y juramentos?

En La Tempestad escribió también Shakespeare que estamos hechos de la “misma sustancia de los sueños”, hondo y riquísimo acerto que Calderón de la Barca expresara diciendo que “la vida es un sueño”. Sí, podemos y debemos soñar en la posibilidad de un mundo mejor, lo que exige salir del aletargamiento de la resignación.

Ya es hora de que los ecuatorianos que aún viven hipnotizados por sueños populistas despierten y vean la trágica realidad que nos dejó la prepotencia socialista. El gobierno debe poner de lado los cálculos políticos y olvidarse de buscar la popularidad, así como asumir la responsabilidad de adoptar, sin medias tintas, las medidas acordes con la gravedad de los problemas que aquejan al país.

Para madurar en democracia, tenemos que trabajar unidos bajo el imperio de la ley y orientados por un mínimo común denominador. De lo contrario, nuestro barco podría naufragar en la tempestad que causaría el eventual retorno de los trashumantes demonios que amenazan ahora con hacer una escala o radicarse en la hermana República Argentina. El Ecuador sobrevivió a esas pócimas ponzoñosas y debe empeñarse en buscar, mediante la unión nacional y el ejercicio del civismo y la ética, los antídotos que, frente a las tentaciones del maligno, le permitan cortar su paso con un definitivo ¡vade retro!

jayala@elcomercio.org