Fernando Tinajero

El recuerdo de los muertos

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Jueves 01 de noviembre 2018

En la primera de las “Cartas y poemas” que Nazim Hikmet escribió para su mujer desde la cárcel, dijo así: “Mi única en el mundo, / me dices en tu última carta: / ‘mi cabeza estalla, desfallece mi corazón. / Si te ahorcan / si te pierdo / moriré’. / Vivirás, mujer mía / mi recuerdo como un humo negro / se perderá en el viento. / Vivirás, pelirroja hermana de mi corazón. / Los muertos no preocupan más de un año / a la gente del siglo veinte.”

Nazim estuvo 13 años sepultado en una cárcel con luz permanente y privado de visitas. Fue condenado porque se comprobó que los cadetes de la marina turca tenían en sus bolsillos copias de sus poemas ya publicados en libros. ¿Era culpa de Nazim? Desgraciadamente, las dictaduras no suelen tener buenas relaciones con la lógica ni con el sentido de las proporciones: con la cárcel no había desaparecido la posibilidad del ahorcamiento.

Pero poetizar no es profetizar: Nazim se equivocó en todo, menos en su amor. Pudo salir de la cárcel en 1 950 gracias a un movimiento internacional encabezado por Tristan Tzara; volvió a los brazos de su bienamada y difundió su poesía por el mundo, aunque no sabemos si ahora, en la Turquía de Erdogan, pueden circular libremente sus poemas. Quizá su principal error haya sido el de afirmar que “los muertos no preocupan más de un año a la gente del siglo veinte”.

Veamos. Cuando yo era niño, al llegar el día de los muertos la calle de mi casa estaba llena de gentes vestidas completamente de negro: llevaban flores a sus tumbas queridas en San Diego, y a ellos se sumaba toda mi familia para realizar un recorrido por las tumbas de abuelos y tíos que yo no había conocido.

Cuando al fin volvíamos a casa ya no quería jugar a MacArthur matando japoneses en el Pacífico: estaba deprimido por haber visto tanta tumba y tanta gente de negro y por haber tenido que ir a San Francisco para una misa que no acababa de entender, envuelto en la música del órgano que tocaba el Padre Azkúnaga. Y aún no habíamos llegado a la mitad del siglo XX.

Hoy, en cambio, al llegar el día de los muertos veo a la gente en atuendos deportivos, y si no va a las playas o a los balnearios cercanos, llena los parques para disfrutar del feriado y hay asados bulliciosos con exhibición no anunciada de modas “casuales”, como se llama ahora a los vestidos informales. ¿Es que se recuerda menos a los muertos? Quién sabe; cada cual recuerda a su manera. Han cambiado las costumbres, ciertamente, pero hay muertos que nos duelen cada día mientras otros se van quedando en el olvido. Estos últimos son los que sufren de muerte verdadera, porque los otros, inexplicablemente siguen vivos.

Del pasado van quedando solamente unos girones: guaguas de pan y colada para el postre, aunque hay quienes ya han disfrutado durante todo el mes de esos manjares. Un día vi en un periódico que un niño preguntaba a su papá: ¿Por qué tomamos colada morada en Halloween?

ftinajero@elcomercio.org