¿Qué es el poder?

Nadie ha podido decirnos qué es el poder. Lo glorificamos, resistimos o padecemos su presencia; nos perturba y agobia, pero también nos hechiza, somos cautivos de él. Al poder lo concebimos solo en lo político, pero se funda en la familia y la escuela y lo vamos hilvanando como un tejido inacabable durante nuestras vidas, deificándolo o usándolo en contra de los otros. “El poder no es un medio –George Orwell- sino un fin en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. Y el objeto del poder es solo el poder.”

El poder está en la simiente de la acción política, pero también en las ciencias y las artes, en lo social y lo económico, en el amor, la amistad y el trabajo, a la hora del ocio y hasta en el sueño. Vivimos domeñados, somos encadenados o encadenamos a los demás; inventamos paraísos para salir de su opresión (un mundo de idénticos o la inmortalidad), pero siempre zozobramos en conductas que no son sino nuevas formas del poder ejercido de unos sobre los otros. Los ácratas, en la antigua Grecia, trataron de exterminar el poder: imposible, y en esta cuestión, no hay filosofía que convenza que “el imposible no existe, porque es aquello que toma más tiempo para lograrlo”.

El poder es lo bueno, lo malo y lo inescrutable del ser humano (lo más excelso y lo más vil brota de su ejercicio). Cualquier charlatán de feria puede acceder al poder de una nación y destruirla en aras de sus apetencias malsanas. Y estas apariciones son cíclicas. Hay quienes nombran a Foucault como el pensador que mejor descifró sus inasible vísceras y teorizó sobre ellas. En efecto, Foucault hurgó en el poder afirmativo-productivo, en el discurso sexual proliferante, la disciplina panóptica, la tecnología del yo…

Pero, ¿qué monstruo se agita en la matriz del poder?: el mensajero que demora su encomienda mofándose del daño que causa; el magistrado que se refocila anunciando su demoledora acción en contra de alguien; el amante que ríe sobre la ruina de su pareja debido a su traición; el agiotista que se regodea crucificando a sus deudores; el burócrata que nunca sacia su codicia mediante manejos delincuenciales, secando su alma; el gobernante que devastó su país, pero que vive multiplicando su ego en sus desquiciados espejos o aquel que negoció medicinas para los agónicos y fundas para los muertos en una pandemia.

“Todo el poder es una verdadera magia” (Roger Callois). Porque ¿es una fantasía? Foucault imagina una nueva moral que instaure otra sustentada en la “estética de la existencia” (ideada por los griegos), lejana al dominio del poder productor de la acumulación, del consumismo, de la explotación, de las guerras… Ideal que, acaso, esté en el fin del mundo como los puertos y el horizonte. Sin embargo, la vida es demasiado corta como para ser pequeña y la especie humana seguirá en pos de un mundo mejor hasta la consumación de los siglos.