Pablo Cuvi

Napoleón, Correa y Putin

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Sábado 25 de agosto 2018

Una lectora me dice que, por muy nefasto que haya sido, existen personajes más importantes sobre los que se puede escribir. Tiene razón, pero no es fácil encontrar a alguien más grande que Rafael. ¿Quizás Napoleón? No da la talla pues era pequeño y gordito. Si bien ganó algunas batallas, nunca ganó una elección y era el contradictorio representante de la burguesía liberal, cuyo desarrollo tarde o temprano desemboca en la larga noche neoliberal.

Bueno, se parecen en la calvicie y quizás en los desplantes. El 30-S, cuando vi que el presidente se abría la camisa y gritaba a los policías “¡mátenme, mátenme!”, pensé en Napoleón cuando retornaba de su exilio en la isla de Elba. El frágil Luis XVIII había enviado varios regimientos a detenerlo, pero al toparse con ellos, sobrio y dominante, el general echó pie a tierra y dijo: “¡Soldados, aquí está vuestro emperador, el que quiera matarlo, puede hacerlo!”. La tropa estalló en gritos de júbilo y lo llevó en hombros a París. Cien días después la aventura concluía en Waterloo, a una hora de Lovaina, y el déspota que trastornó Europa era enviado a la remota isla de Santa Helena, vigilada por los ingleses.

Aquí empieza justamente la deliciosa novelita del belga Samuel Leys: ‘La muerte de Napoleón’. En la gran conspiración que se ha montado para llevar de vuelta a Francia al emperador, un doble ocupa su lugar en la isla mientras Napoleón zarpa de incógnito en un bergantín. Aunque flagelado por la edad, este hombrecillo insignificante e inútil para las tareas de a bordo conserva un cierto parecido con la leyenda, de modo que lo apodan… Napoleón, faltaba más. Luego de pasar carros y carretas llega al continente, donde se entera de su muerte, la de su doble, en Santa Helena. Decir quién es, o quién era, lo llevaría al loquero. Más bien se arrima a una viuda que vende frutas en París, donde triunfa como estratega, pero de ventas. Magnífica e irónica parábola de la vida después del poder; lectura recomendado para un caudillo tropical que se creía Dios y hoy es un don nadie en Bélgica, asustado y rodeado de matones.

En cambio, el jefe del canal de propaganda rusa para el que trabaja no está para bromas pues es uno de los tres hombres más poderosos y peligrosos del mundo. Al lado de Putin, nuestro caudillo es un ángel. ¿Ordenar el secuestro de un opositor y el asalto sangriento a un hospital? Eso es un juego de niños para Vladimir. Hay que leer la estupenda crónica de la rusa-americana Masha Gessen, ‘El hombre sin rostro’, para descubrir las barbaridades de las que fue capaz ese oscuro y astuto agente de la KGB para conquistar el Kremlin y copiar el sistema totalitario de su añorado Stalin. Narrado en primera persona, pues Gessen trabajó como periodista en la Rusia caótica de los años 90, el libro es una auténtica novela policial. O del poder, que da lo mismo.