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Miguel

Vino alto, fornido, pelo y barba agrisados, la piel atezada por el viento impasible del auto exilio, calzado con medias botas, pantalones brincacharcos, camisa y chaqueta oliendo a soledades como recién salido de una de sus refriegas con la vida.

Vino precedido de justa fama. Supervisor de los Talleres Literarios del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; profesor de la UNAM; integrante del colectivo de ‘Cambio’, una de las revistas de mayor resonancia de América Latina, junto a escritores como Juan Rulfo, Julio Cortázar, José Revueltas, Pedro Orgambide, Eraclio Zepeda.

Pero, sobre todo, como escritor de raza, autor de libros innovadores: ‘Krelko y otros cuentos’, ‘El hombre que mataba a sus hijos’, ‘Henry Black’, novela apodíctica de la desolación humana, vuelta a la existencia en desgarrados mundos, develación de los signos más remotos del erotismo, remozado ‘Amok’, el memorable relato de Stefan Zweig; estremecimientos, perplejidad, cautela, emboscada y caza de la vida, del amor y de la muerte; novela escrita —como la mayoría de las de Miguel Donoso Pareja— desde una irrefrenable urgencia interior, y esto, la fatalidad, es lo que distingue a un escritor genuino de otros.

¿Por qué Donoso Pareja es más valorado en otros países? Por nuestro insanable servilismo: sumisos admiradores de lo foráneo y feroces despreciadores de lo nuestro, y la mezquindad de ciertos críticos: la muletilla de “salvando las distancias” les luce imprescindible cuando se alude a la influencia de escritores o artistas de otros países.

Vino solo, erguido, pujante, a pesar de que llevaba la frente como una bandera perdida. Jamás lo escuché alardear sobre sus renombrados amigos, sus vastas lecturas y saberes, ufanarse de sus logros. Tampoco quejarse de su precaria situación económica, señal de su integridad proverbial. Miguel siempre comprendió que la desobediencia hacia el poder es el único modo de articular el milagro de haber nacido y que el silencio de los pusilánimes o el aplauso de los serviles son las únicas muertes verdaderas.

‘Nunca más el mar’: narración de una tormentosa expedición por el tiempo vivido; paso sinuoso de su interior al exterior, tensado por una nostalgia que convierte a las afueras en los confines del ser. Flujo y reflujo de aguas padecidas. Oleajes que golpean una y otra vez contra un mismo lugar suscitando el caos. Lenguaje exento del temor de quebrar el dorso de las palabras como el jinete que sabe que va a reventar a su cabalgadura antes de llegar a ninguna parte. ‘La tercera es la vencida’, relato premonitorio del careo con su muerte. El corsario encarnado que fue Miguel, poeta, ensayista, narrador, crítico impecable e implacable, creyó siempre que lo único que nos separa de la muerte es el tiempo, raíz seminal de su escritura.

Columnista invitado