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Jueves 14 de marzo 2019

Hablo de la mandíbula de un cocodrilo, un depredador que engulle piezas enteras, nada a una velocidad sorprendente, oye agudamente y a pesar de la rapidez de su mordida mortífera puede llevar a sus crías en la cavidad del hocico sin hacerles daño. Así la misma madre, la humana. Amor y temor, amor y terror. Temor, terror, turbulencia, perturbación, todas aquellas sensaciones relacionadas al poder de disciplinamiento de las madres con sus hijas, a la competencia que se establece entre ellas; a las fauces que engullen y muerden -por amor- a sus crías femeninas. Así el oscuro mundo de las mujeres que la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda representa en su extraordinaria obra “Mandíbula”(Madrid, Candaya, 2018).

Lo terrible se convierte en belleza esencial; la maldad y el dolor son parte del mundo de unas muchachas-pandilla aniñadas de colegio conocido y de filiación religiosa. Sus cuerpos cambiantes –hormonas que descontrolan- buscan en el encuentro y desencuentro de sus sexualidades mutantes los más altos grados de siniestralidad. Poe y Lovecraft están presentes como gran telón de fondo de la literatura de terror con que la autora parece desdoblar el mundo del miedo sin las trampas de la moral y el pudor con el que usualmente se trata el tema de las relaciones filiales.

Los personajes están dibujados nítidamente. Una Clara, profesora cuya madre muerta Elena, vive en ella. Se comporta y viste como ella, buscando contener y controlar a sus alumnas púberes en medio de su propio desequilibrio y locura. Unas Annelise y Fernanda, líderes del grupo y “best friends” (mejores amigas) cuya relación híbrida amigas-novia deja al descubierto la impiedad del dolor desgarrador en sentido metafórico y literal, que produce la fusión de dos cuerpos que se buscan, rebuscan, rechazan, registran. El dolor genera placer. También Jung y la “dark” web parecen recorrer este oscuro y anárquico lugar en el que se trata de inventar un nuevo dios, blanco y viscoso; un dios de la ausencia.

Pocos los hombres que presencian intermitentemente este espacio: un grupo de machos jóvenes que desaparecen despavoridos al constatar las extrañas relaciones entre ellas, las jóvenes; un psicoanalista que trata a una de ellas a la que la autora le niega la palabra; un entrenador fit que divierte a las madres sedientas de sexo y caricias en su madurez y en el que descubre la doble moral de la educación.

“A veces me gusta imaginar que el universo es el cadáver de Dios descomponiéndose”, le dijo Annelise durante una tarde de clases extra. “Imagine, Miss Clara, que fuéramos solo eso: la enorme y flotante carroña de Dios”. Y en medio de todo esta basura cósmica, nuestro propio espacio:
“…una casa es como una mandíbula que se cierra y que protege, pero que podría morderte, podría comerte”.

akennedy@elcomercio.org