Las abejas y las mariposas

Durante una conversación sobre mis artículos de opinión hace unos días, mi adorada nieta Sophia, de 8 años, me preguntó si podría hacerle el favor de escribir un artículo para ella. Lo preguntó así, muy formalmente, y con exquisita cortesía “¿Sobre qué, mi amor?” le pregunté. Y ella me respondió, “Sobre las abejas y las mariposas.” Y procedió a darme una muy lúcida explicación de las catástrofes ecológicas que resultarían de la eventual desaparición de las abejas y las mariposas, y agregó que por eso me pedía que por favor escriba un artículo sobre ellas: para ayudar a crear consciencia.

Sophia es una maravilla de ser humano. Es amable, respetuosa, generosa, alegre, disciplinada, perseverante, llena de curiosidad y entusiasmo. Dice la verdad y cumple sus promesas.

¿Por qué es así? Porque su madre y su padre y las profesoras en su escuela la están criando y educando bien. ¿Y qué significa “criando y educando bien”? Significa que le están inculcando … no imponiendo a base de miedos y castigos, sino inculcando a base de estímulos y reflexiones … todo lo que hace que una persona sea consciente.

Su consciencia ecológica no es la única que vemos en Sophia. Tiene clara consciencia de que existe pobreza en el mundo, y de que en vez de desperdiciar o de botar a la basura lo que ya no usamos, es bueno donarlo para que otros lo puedan aprovechar. Tiene clara consciencia de que hay matones en la escuela, pero que la solución no es castigarles o pegarles sino tratar de comprender por qué son así, y ayudarles. Tiene clara consciencia del racismo, y expresa indignación por él.

Y tiene solo 8 años.

Acabamos de terminar un proceso electoral en el Ecuador lleno de sustos, zozobra, amenazas, miedo, trampas y abusos. En realidad vivimos así, asustados, de salto en brinco, no sabiendo si mañana debamos pensar en irnos del país, esperando el siguiente escándalo que nos volverá a deprimir, asqueados por la incansable, interminable, permanente e impune corrupción, y encima más, azotados por una pandemia, más desaforada un año más tarde, que está matando a gente por los miles.

Y ¿por qué estamos, hemos estado, y seguimos estando así? Porque muchísimos entre nosotros no tienen consciencia. Y no la tienen porque, como he repetido en tantas de mis columnas a través de los años, criamos y educamos mal.

¿Podría cambiar esta triste realidad en que vivimos? Habría que preguntarle a Sophia. Y nos diría que no es tan complicado. Nos diría que si criamos y educamos a nuestra gente con reflexión y respeto, sin imposiciones ni abusos ni prepotencias, honrando su dignidad, abriéndole oportunidades, y sin mentirle, induciríamos en la mayoría un anhelo de decencia, apertura hacia las diferencias, responsabilidad mutua, respeto mutuo y cuidado por las abejas y las mariposas.

Y tiene solo 8 años.