Monseñor Julio Parrilla

El arte de envejecer

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Domingo 17 de mayo 2020

Desde hace algún tiempo lucho por reconciliarme con mi propia finitud. Siento que así me veré más libre para poder andar la penúltima vuelta de la vida. No es que me sienta viejo: heredé el carácter alegre de mi padre y mi fe cristiana sostiene esperanzas y quebrantos, más allá de los años y de mis particulares cardiopatías. Pero, en estos días, he leído una hermosa poesía de José Corredor-Matheos que me ha hecho pensar y sentir con fuerza el asunto, no siempre fácil, de integrar, la finitud: “Ves el mar / a lo lejos. / Infinito consuelo / de saber / que algún día/ has de ser / en sus aguas / solo una ola / rota”.

En esta oportunidad quisiera dirigirme a los mayores que, como yo, sienten que va llegando la hora de pasar el testigo y de afrontar el agridulce reclamo del tiempo. No se trata de cualquier tiempo, sino del tiempo privilegiado y precioso en el que hay que cuadrar la vida y sus cuentas. Ciertamente, un tiempo de nostalgias, de memorias y sentimientos. Un tiempo de fe y de esperanza, una humilde propina que Dios nos da para seguir soñando. El tiempo es la paciencia de Dios, por eso tiene valor hasta el último minuto. Y ya que no son sus dueños, no lo pierdan, adminístrenlo bien, para que cuando llegue el dueño de la viña puedan ofrecerle los mejores frutos.

Todo esto me lleva a pensar que hay diferentes maneras de envejecer. Por un lado, está la tendencia a la repetición. Se toma con gusto la palabra pero, quizá, ya no se tiene nada nuevo que decir. Uno se aferra al pasado, lo embellece e idealiza y busca en él la seguridad. Por otro lado, está la desintegración, el abandono de sí, la pérdida del perfil y del orden. ¡Cómo quisiera animarles a esforzarse por hacer funcionar la mente y permanecer despiertos ante las vueltas y revueltas que da el mundo! Conversar, leer o escuchar un audio libro y ver televisión tienen que ser actividades, fruto de una decisión.

La vejez es un tiempo oportuno para dar valor a las cosas pequeñas: pequeños servicios que nadie te pide, pequeños detalles que endulzan la vida apresurada de quienes disponen de poco tiempo para amar. Cada uno sabrá cuál es su medida. Y, además, está el humor, que distiende y aligera las cosas. El humor es como el sol que brilla sobre el paisaje. Su presencia no cambia ni una brizna de hierba, pero hace que el paisaje y nuestros ojos se llenen de luz. Dediquen un tiempo a jugar y a reír, también de sí mismos, a fin de aceptar y elaborar todo lo que la vida nos ha dado, sobre todo las personas que habitaron (y si habitaron siempre habitarán) nuestro corazón. Recuerden las palabras de Jesús: “Cada día tiene su propio afán” (Mt. 6,34). Cada día… Que no les intranquilice el miedo. Y, si se dejan dominar por la angustia, confíen en Dios. La confianza vale su peso en oro. Y no se olviden de agradecer. Es el tiempo oportuno para hacerlo y expresarlo.