15 de septiembre de 2019 00:00

Las reglas en una residencia forman al juvenil de equipos de fútbol

El manabita Jordy Alcívar, de 20 años, recogió sus cosas de la residencia el miércoles. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

El manabita Jordy Alcívar, de 20 años, recogió sus cosas de la residencia el miércoles. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

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Álex Puruncajas
Redactor (D)

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La lavadora de la residencia de los juveniles de Liga, en Pomasqui, está debajo de una vivienda con techo de zinc. Steven Chillogallo, de 18 años, acude las tardes al lugar para recoger su ropa y doblarla cuidadosamente en una canasta.

Es uno de los más ‘grandes’ de los 42 jóvenes, de entre 16 y 18 años de provincias de la Costa y el Oriente, que viven en el lugar. Por su edad, el mediocampista quiere dar ejemplo. En el complejo, es norma que los juveniles cuiden de su aseo, sus implementos y tiendan sus camas por las mañanas.

También hay reglas fuertes que van desde multas económicas hasta expulsiones en caso de incumplirlas. Uno de los jugadores que vino a prueba al club fue expulsado porque se sustrajo cosas de la residencia.

“Las expulsiones ocurren de vez en cuando. Los jóvenes saben que deben cumplir las normas. Es algo que también les va a ayudar para la vida”, expresa Álex Reyes, administrador de la Casa de Liga.

Reyes dice que a los jugadores de la Costa les cuesta adaptarse ante la lejanía de sus padres. Cuenta que los talentos, por su edad, son inquietos y que necesitan distraerse fuera de la residencia. Por ahí, pasaron Jefferson Intriago, Kevin Minda y, ahora, Jordy Alcívar.

Por ello, cuando alguien quiere salir, debe pedir permiso a David Andrade o a Hernán Vaca, quienes controlan a las juveniles de la ‘U’.

Luego de su salida, deben regresar hasta las 19:00, en un domingo. En ocasiones, pueden volver hasta las 21:00 cuando reciben visitas de sus familiares, algo poco usual.

Los juveniles de El Nacional reciben atenciones médicas en la residencia, en Tumbaco. Foto: Álex Puruncajas/ EL COMERCIO.

Los juveniles de El Nacional reciben atenciones médicas en la residencia, en Tumbaco. Foto: Álex Puruncajas/ EL COMERCIO.

En el Independiente del Valle, que alberga a 90 talentos desde los 12 años, los jugadores también reciben permiso para salir de la concentración e ir al cine o a centros comerciales.

Los jugadores más pequeños, de 12 a 14 años, deben volver al complejo hasta las 16:00. Los de hasta 18 años, a las 18:00.

Ahí, los tutores toman precauciones. Envían a los chicos en taxis con conductores ‘conocidos’. “Tenemos los números de los que manejan. En caso de alguna emergencia podemos ubicarlos”, dice Ramiro Méndez, uno de los tutores.

A Méndez se le han acercado jugadores llorando lamentando estar lejos de sus familiares. En ocasiones, él les da dinero para que recarguen sus teléfonos y puedan llamar a sus familiares. “Lo más duro es dejar a sus padres, pero ellos saben que todo tiene precio si quieren ser futbolistas”.

Por eso, las reglas se cumplen o se cumplen, expresa. Los talentos deben arreglar sus cuartos, presentarse puntualmente en el comedor sin zapatillas y sin gorras. En caso de atrasos o infracciones, los jugadores deben pagar multas. Ahí, los jugadores reciben estímulos económicos desde USD 50 hasta USD 200.

“Lo que más extraño es la playa”, expresa Jorge Estupiñán, de 17 años, de Liga, quien se encuentra en Quito desde hace tres años. Puede ver a sus padres cada tres o cuatro meses cuando viaja a Esmeraldas.

Una infracción fuerte es una pelea entre jugadores o una falta de respeto a un directivo, en la residencia de El Nacional.

Los jugadores reciben anuncios por escrito cuando cometen las faltas. Érick Sánchez, de 16 años, procura cumplir las normas, aunque dice que a veces extraña a la familia. Le gustaría salir más, pero sabe que su sueño es ser futbolista profesional en el club militar y, por ello, se esfuerza diariamente.

En la residencia del ‘Nacho’ viven 33 jugadores. Un militar los vigila cada día para evitar que cometan infracciones y se mantengan en sus habitaciones en las horas de descanso. Kléber Argüello, gerente deportivo del club, expresa que los talentos se quedan en la residencia si hay un informe futbolístico y psicológico bueno de cada uno de ellos.

Cuando alguno quiere salir, pide permiso y deja anotado su nombre con el guardia de la puerta principal del Complejo El Sauce. Debe volver a la hora prevista o, de lo contrario, puede ser sancionado.

“Muchos de nuestros jugadores vienen de estratos bajos y, por eso, les cuesta al inicio cumplir normas elementales de convivencia. Con el tiempo, van aprendiendo”, expresa Argüello. Universidad Católica y Aucas también albergan a juveniles. Esos clubes también se rigen por códigos de disciplina y normas de convivencia para los jugadores que sueñan con llegar a ser como sus ídolos del fútbol.

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