Respirando Bienestar

Un espacio para hablar del bienestar que genera la práctica del ejercicio y la alimentación saludable en nuestro día a día. Aquí no hay espacio para solo el atún y la lechuga.

Paola Gavilanes

Paola Gavilanes

Licenciada en Comunicación Social por la U. Central del Ecuador. Colabora con Grupo EL COMERCIO desde el 2007. Trabajó en la sección Deportes, Tendencias y Construir. Ahora escribe sobre BIENESTAR. Deportista aficionada y amante de la comida hecha en casa.

¡Ella baila, canta… y corre sola!

La mayoría de seres humanos crecemos con esa idea errónea de que necesitamos de alguien más bailar, para cantar, para tomarte un café, para viajar. Foto: Pexels

Baila sola, canta sola, bebe sola, se mima sola… corre sola. Tuve que inscribirme en una prueba de largo aliento para darme cuenta de que puedo entrenar y correr sola, y que, por lo tanto, puedo hacer lo que quiera sola.

Cuando me sumergí en el maravilloso mundo de la activación -hace 10 años- lo hice sola; empecé con unas clases de ciclismo estático en el gimnasio de mi trabajo, pero la emoción me duró muy poco. Me faltaba compañía. ¡Esa manía de los seres humanos!

Hace siete años me encontré en el camino con una persona que disfruta del ejercicio tanto como yo. Hicimos clic y de pronto ambos estábamos inscritos en el gimnasio -obviamente en el mismo- y trotando en el parque de La Carolina o en el Metropolitano. Nos iba superbien. Juntos visitamos al deportólogo y luego a una nutricionista. Subíamos y bajábamos de peso juntos. También nos inscribimos en un par de carreras: de montaña y asfalto.

La Últimas Noticias 15K -la carrera más grande y querida del Ecuador- requiere de mucho entrenamiento. Hay personas que deciden correrla de un día para el otro y todo bien, pero nosotros nos habíamos fijado un tiempo. Para cumplirlo diseñamos un plan. Corríamos entre tres y cuatro días a la semana. En cada jornada sumábamos 8-10 y 12 kilómetros. Seguramente a muchos de ustedes les puede parecer poco, pero cuando empiezas, hasta un kilómetro te resulta interminable.

Los entrenamientos eran fuertes. Yo me debilitaba en la mitad del camino y ahí estaba mi ‘clic‘ haciéndome barras y repitiendo “¡sí puedes, sí puedes!”. La verdad es que no podía; quería parar. Entonces me prestaba su brazo derecho. Yo me enganchaba con el izquierdo hasta nuevamente recobrar el aliento y las ganas de correr. Recuerdo que así cruzamos una vez la meta. ¡Qué romántico!

Después, solo me costumbré. Corría dos o tres kilómetros y ya estaba pidiendo su brazo. Contando con ese soporte se me ocurrió la maravillosa idea de inscribirme en la maratón. Nunca se me pasó por la cabeza que no tendría su brazo para debutar en mi primera pedestre de largo aliento, para mí, la reina de las carreras de asfalto.

Ese balde de agua fría me lo di dos meses antes de que se inicien las inscripciones; me arriesgué. Antes de presionar el botón de pago me pregunté “¿estás listas? ¿Podrás sola?

Con un infinito dolor en mi corazón -pero también con algo de rabia- me inscribí. Yo misma, revisando algunos tutoriales en la web y siguiendo los consejos de un par de amigos, diseñé mi tabla de entrenamiento. Al final pudo más la emoción. Fueron cuatro meses de intenso entrenamiento. Empecé con cinco kilómetros. Todo esto surgió tras el largo aislamiento por la pandemia del covid-19, así que las primeras prácticas me pusieron a prueba. Luego llegaron los 10, 15 y 20 kilómetros; necesitaba su brazo, pero no estaba. Entonces respiraba y yo solita me alentaba: “tú puedes tortuguita“. Así fue como me bauticé.

Más tarde les pedí a ustedes que me compartan sus temas favoritos para armar mi playlist. Algunas de esas canciones fueron energía directa a la vena. Con mis barras y las melodías finalmente completé mi entrenamiento, que incluyó un solitario de 32 kilómetros, y me gradué como maratonista, en Miami.

Fue una gran victoria para mí porque marqué un tiempo inferior al planificado, pero, sobre todo porque vencí obstáculos mentales. Todo estaba en mi cabeza. En la maratón, siendo sincera, jamás pensé en ese soporte. Estaba tan bien preparada que la gocé de inicio o fin, y no, no íbamos a arruinar la fiesta con pensamientos negativos.

La mayoría de seres humanos crecemos con esa idea errónea de que necesitamos de alguien más bailar, para cantar, para tomarnos un café, para viajar.  Por cierto, a esto último también le tenía miedo. Durante todo ese tiempo me acostumbré a que me reserven vuelos y departamentos, que me digan derecha, izquierda, recto… Así que también hice la paz con la bendita tecnología.

Les cuento esta historia para animarlos a salir de su zona de confort. Hoy, yo, por ejemplo, tengo un café pendiente con Eugenia -es mi primer nombre- porque si espero a que el Tony responda el mensaje que le mandé la semana pasada seguiré madurando en casa jaja. Y no, la vida definitivamente es mejor afuera.

PD: Hacer las cosas en pareja también es maravilloso. Yo disfruté de cada uno de esos minutos. Sé que con ese brazo derecho habría marcado un récord personal. Pero el tiempo que registré es fruto de un primer esfuerzo, de un entrenamiento a ciegas. Para la próxima maratón me apoyaré un plan diseñado por un experto; estoy convencida de que el resultado será mucho mejor.

¿Y ustedes? Los leo en pgavilanes@elcomercio.com