Respirando Bienestar

Un espacio para hablar del bienestar que genera la práctica del ejercicio y la alimentación saludable en nuestro día a día. Aquí no hay espacio para solo el atún y la lechuga.

Paola Gavilanes

Paola Gavilanes

Licenciada en Comunicación Social por la U. Central del Ecuador. Colabora con Grupo EL COMERCIO desde el 2007. Trabajó en la sección Deportes, Tendencias y Construir. Ahora escribe sobre BIENESTAR. Deportista aficionada y amante de la comida hecha en casa.

No me fui de parranda, estaba cansada. Mi experiencia en la Maratón de Miami.

Esta fue la medalla que entregaron en la edición 20 de la Maratón de Miami.

Ha pasado más de un mes desde que me aventuré a correr mi primera maratón y solo hasta hoy puedo hablarles de mi experiencia.  Luego de cruzar la meta me quedé feliz. La algarabía duró 15 días y luego… un enorme vacío.

Era la Maratón de Miami la que me levantaba de la cama todos los días. También la que me ‘obligaba’ a ir al gimnasio -dobles jornadas- y la que me motivaba a tomar varias clases de yoga y meditación. Para correr una prueba de largo aliento necesitas fortalecer cuerpo, mente y alma.

Después de la maratón la motivación disminuyó. Supongo que es parte del proceso. Desde hace siete años hago ejercicio con cierta frecuencia y esta era la primera vez que me exigía tanto: cuatro meses de arduo entrenamiento. ¡Qué fuertes somos cuando nos lo proponemos!

Tras cruzar la meta y saborear la victoria mi cuerpo -la máquina- simplemente se fundió. Solo quería descansar y dormir.

Me coloqué las zapatillas luego de 35 días de sedentarismo: nada de trotecitos, nada de gimnasio, solo un poquito de spinning. Curiosamente retomé el atletismo en el país donde corrí mi primera maratón.

Regresando a la carrera; la correría una y otra vez. La disfruté de inicio a fin y aquello incluye al entrenamiento. ¿Recuerdan mis kilómetros bajo la lluvia? Así mismo disfruté mis 42 195 kilómetros.

El día anterior estuve supernerviosa, tanto así que decidí meterme en la cama antes de la hora acostumbrada para descansar al máximo y dejar de correr en círculos. Un error porque me desperté antes de hora y luego de una pesadilla que se repitió tres veces: no podía atarme los cordones y llegaba tarde a la carrera.

Para evitar demoras me levanté de la cama y salí del hotel con muchos minutos de anticipación. Tomé el metro y en cinco minutos estaba ahí, en la línea de salida junto a miles de personas: 15 000 para ser exactos.

Hombres y mujeres de diferentes edades sonreían, se sacaban selfies, se abrazaban, calentaban sus músculos. Yo, deslumbrada, solo tenía ganas de llorar, pero… de pura felicidad. Superé mis miedos, mi doble esguince de tobillo, y allí estaba, lista para la aventura. 

Calenté mis cuádriceps y los músculos de mi tren superior, y preparé mi reloj para monitorear todo el recorrido. Encendí mis audífonos y, luego del: “corredores les deseamos buena suerte”, puse ‘play’ y empecé a correr.
Desaparecieron los nervios. En mi cabeza solo dejé espacio para las palabras de mi padre: “hija tienes que controlar el ritmo. No vayas muy rápido al inicio, guarda energías para el final”.

Y así, siguiendo sus consejos, fue como terminé mi maratón en un tiempo inferior al planificado y con ganas de más. Seré muy sincera con ustedes; correr una prueba de ese calibre agota, pero a diferencia de otras pruebas -15 o 27 kilómetros- jamás me quejé. Cuando miré mi reloj era el kilómetro 15. Yo estaba enterita; quería más.
Como estaba tan fresca el ánimo subió al cielo. Kilómetro 20: “lo vas a lograr, cruzarás la meta”, me dije un par de veces. En el kilómetro 30 empecé a fatigarme. “¡Qué empiece la acción!”.

Me rehidraté con agua y una bebida azucarada y continúe. Más adelante necesité un ‘duchazo’. Una persona que sostenía una manguera retiró el seguro y me empapó. En el kilómetro 35 regresé a la calma luego de caminar cinco minutos. Finalmente sonó la canción preferida de mi ‘playlist’ y empecé a cantar y a bailar mientras corría.

Me miraban extraño, pero no importaba. Jamás los volvería a ver. En el kilómetro 40 me dije: “casi lo logramos” y aceleré. Fueron los tres kilómetros más rápidos de todos. Saqué la bandera de Ecuador que me regaló mi amigo Edison y … manos arriba y mirada al cielo. Caminé unos metros.

Luego de tanto esfuerzo se siente como si flotarás. Las piernas están tan ligeritas que necesitas seguir la marcha para evitar caerte y adornar el pavimento. Pero llegó el momento de recibir la medalla. Primera foto decente que consigo luego de una carrera. Sonrío, estoy orgullosa de mí.

Las personas que la vieron me dijeron: “ni parece que corriste una maratón”. Pero sí, la corrí. La diferencia con el resto de pruebas es que lo hice sin presiones, feliz. Sobre el tiempo: 4 horas con 17 minutos.
¿Lo volvería a hacer? Por supuesto. Pronto les contaré el destino.

¿Que si la maratón es para todos? Definitivamente no. Solo para pocos. Solo para aquellos que tienen el coraje de hacer sus sueños realidad. Son pocas las personas que pueden comprometerse con una causa. Aquello implica evitar fiestas para prioriar el descanso, modificar planes de alimentación, dormir las horas necesarias y mucho más.
Entonces, ¿cuál será su destino? Los leo en pgavilanes@elcomercio.com

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