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El humo borraba por momentos la montaña y las casas. Respirar costaba incluso con mascarilla y los ojos lagrimeaban hasta obligar a retroceder. Entre bomberos con casco, chaquetas amarillas y guantes, vecinos que corrían con baldes y helicópteros que descargaban agua sobre el cerro Casitagua, apareció una mujer vestida de azul oscuro. Llevaba zapatos deportivos claros y una mascarilla blanca. La llamaremos ‘Elena’ porque, cuando intentamos acercarnos para preguntarle su nombre, desapareció entre el humo y el movimiento de la emergencia.
Era viernes 18 de septiembre de 2026. El incendio forestal que comenzó el jueves 17, pasadas las 10:30, continuaba en el cerro Casitagua, en Pusuquí, norte de Quito.
Cuando el equipo periodístico llegó al sector, el fuego parecía perder fuerza. Al menos esa era nuestra percepción, desde la mirada de quienes no conocemos la dinámica técnica de un incendio forestal.
Las llamas todavía no alcanzaban las viviendas. Cerca de la pendiente había una cancha de fútbol de tierra. El fuego tampoco tocaba ese espacio.
El humo sí llegaba.
Cubría la vegetación, ocultaba partes de la montaña y reducía la visibilidad. Incluso con mascarilla y otra protección encima, por momentos resultaba difícil respirar. Los ojos lagrimeaban. Mantenerlos abiertos también costaba. A veces tocaba alejarse unos metros para encontrar aire más limpio.
En ese escenario vimos por primera vez a ‘Elena’.
A pocos metros, los bomberos que entraban al terreno afectado vestían casco, protección ocular, chaqueta amarilla de manga larga con bandas reflectivas, guantes, pantalón de trabajo y calzado de protección.
‘Elena’ lucía distinta.
Vestía uniforme azul oscuro, zapatos deportivos claros y una mascarilla blanca. Llevaba el cabello recogido. No tenía el mismo equipamiento que sus compañeros dentro del área afectada.
Aun así, se acercaba cuando necesitaban ayuda.
Jalaba una manguera. Ayudaba a colocarla. Buscaba implementos y colaboraba con los bomberos cerca de un camión cisterna.
Después dejamos de verla.
Mientras los equipos trabajaban desde tierra, el sonido de los helicópteros se repetía sobre la montaña.
Durante parte de la jornada participaron cuatro aeronaves: dos de Fuerzas Armadas, una de la Policía Nacional y una del Cuerpo de Bomberos de Quito.
Recogían agua en la Escuela Superior Militar Eloy Alfaro (Esmil) y regresaban hacia la parte alta del Casitagua para descargarla.
Desde nuestro punto de observación, cada recorrido tomaba menos de dos minutos en algunos momentos.
Después, durante aproximadamente una hora y media, desde donde estábamos solo pudimos observar al helicóptero de Bomberos. No era posible conocer qué ocurrió con las otras aeronaves.
Abajo, varias personas miraban desde un costado de la pendiente. Esperaban que los bomberos lograran contener las llamas antes de que avanzaran hacia las viviendas.
Durante un momento, parecía posible.
Entonces cambió el viento.
La emergencia parecía concentrada en la pendiente. La cancha de tierra permanecía sin fuego y marcaba visualmente una separación con parte del sector habitado.
Las llamas no necesitaron cruzarla.
El viento movió el fuego por uno de los costados, donde había vegetación seca. En cuestión de segundos, el escenario cambió.
“¡Evacúen, evacúen!”, gritaban algunas personas.
El humo empezó a cubrirlo todo.
Por momentos, a través de esa capa gris apenas podían distinguirse las luces de emergencia de los vehículos de Bomberos.
Había niños en el sector.
Algunas personas lloraban. Otras rezaban y pedían que el incendio no llegara hasta sus viviendas.
Los vecinos reaccionaron con lo que tenían a mano.
Sacaron mangueras de sus casas. Llenaron baldes. Mojaron veredas y vegetación.
Un hombre intentaba mantener húmeda la parte frontal de su vivienda mientras el humo avanzaba.
Las mangueras domésticas tenían poco alcance frente a la dimensión del incendio. Dos agentes de control tomaron mangueras gruesas de Bomberos e intentaron contener el avance.
En medio de esa escena volvió a aparecer el uniforme azul.
Era la misma psicóloga que habíamos visto antes.
Seguía con su uniforme azul oscuro y la mascarilla blanca. También cubría parte de su cabeza y rostro con una tela para protegerse del humo.
Esta vez corría entre personas, mangueras y equipos.
A algunos moradores les pedía que salieran.
“Vaya ya, evacúe”, se escuchaba mientras indicaba que abandonaran el sector.
Después volvía hacia sus compañeros.
Buscaba el pitón para conectar una manguera. Localizaba implementos. Acercaba lo que hacía falta. Jalaba las líneas de agua y ayudaba con las conexiones.
El humo también le afectaba.
Cuando se volvía demasiado denso, ‘Elena’ retrocedía unos pasos. Se acomodaba la mascarilla. Esperaba unos segundos. Si el viento apartaba la nube de humo, regresaba hacia donde estaban sus compañeros.
No llevaba casco amarillo. Tampoco la chaqueta de manga larga con bandas reflectivas, los guantes, la protección ocular ni el calzado que utilizaban los bomberos dentro del terreno afectado.
Llevaba su uniforme de psicóloga.
Y volvía.
‘Elena’ no solo aparecía junto a las mangueras.
También se acercaba a las personas afectadas por la emergencia.
Alrededor había miedo.
El incendio estaba cerca de las viviendas. El humo entraba al sector. Algunas familias lloraban. Otras pedían auxilio o rezaban para que el fuego no avanzara.
Mientras los bomberos corrían hacia el nuevo frente, ella intentaba mantener la calma entre los moradores.
La emergencia exigía rapidez, pero alrededor de ‘Elena’ había una calma que contrastaba con los gritos y las carreras.
Después volvía hacia los equipos.
Un camión cisterna de Bomberos llegó al sector. Los efectivos desplegaron las mangueras y atacaron el fuego desde tierra. Sobre ellos, el helicóptero continuaba con las descargas de agua.
Motores, órdenes, gritos y el sonido de la aeronave llenaban el lugar.
‘Elena’ pasaba de una tarea a otra.
Una persona necesitaba salir y ella indicaba por dónde hacerlo. Un bombero necesitaba un implemento y ella lo buscaba. Una manguera requería apoyo y ella la jalaba.
No estaba allí para sustituir el trabajo de quienes combatían directamente las llamas.
Estaba para ayudar.
Hasta la mañana de este viernes, el incendio forestal del Casitagua superaba las 200 hectáreas afectadas.
Más de 90 efectivos participaban en el combate. Otras 60 personas trabajaban en la gestión de la crisis y 20 vehículos formaban parte del operativo.
Bomberos mantenía una base de operaciones y un Puesto de Mando Unificado para coordinar la respuesta.
Los equipos permanecieron durante la madrugada en el cerro y redujeron la velocidad de avance del incendio. Este viernes continuaron las labores.
Sin embargo, el viento mostró en pocos segundos cuánto podía cambiar la emergencia.
Una zona que parecía alejada de las viviendas quedó bajo amenaza. Los moradores pasaron de mirar el incendio a sacar sus propias mangueras y cargar baldes.
Los bomberos corrieron hacia otro frente.
Y la psicóloga del uniforme azul apareció otra vez.
Cuando encontramos un momento para buscarla, ya no estaba.
Queríamos preguntarle su nombre. Queríamos saber cuál era exactamente su trabajo dentro de esa emergencia y qué había ocurrido durante aquellos minutos.
No pudimos hablar con ella.
Tampoco sabemos hacia dónde fue después.
Por eso esta crónica la llama ‘Elena’. Es un nombre ficticio que utilizamos únicamente para contar la historia de una psicóloga del Cuerpo de Bomberos de Quito cuya identidad no logramos conocer.
Hasta las 17:00 de este viernes, el trabajo para controlar y liquidar el incendio continuaba.
Más de 200 hectáreas muestran una dimensión del Casitagua. Los helicópteros, las columnas de humo y los vehículos de emergencia muestran otra.
Desde cerca, el incendio también se cuenta en escenas más pequeñas.
Un vecino llena un balde frente a su casa. Una familia mira hacia la montaña y pide que el fuego no avance. Un bombero corre con una manguera.
Y entre el humo aparece una mujer vestida de azul.
Cuando el humo la alcanza, retrocede unos pasos.
Cuando el viento lo aparta, vuelve.
Era una psicóloga del Cuerpo de Bomberos de Quito que apoyaba a los equipos y a las personas afectadas por la emergencia.
Contexto: El equipo periodístico no logró conocer su identidad. Por eso, la crónica utiliza el nombre ficticio ‘Elena’.
Ayudaba con mangueras e implementos, apoyaba las conexiones y orientaba a moradores para que evacuaran.
Contexto: También se acercaba a las familias afectadas e intentaba mantener la calma cuando las llamas avanzaron hacia las viviendas.
El fuego avanzó por un costado con vegetación seca y se acercó a las viviendas en cuestión de segundos.
Contexto: Algunas personas pidieron evacuar. Vecinos sacaron mangueras, llenaron baldes y mojaron la vegetación y los alrededores de sus casas.
Durante parte de la jornada participaron cuatro aeronaves.
Contexto: Dos pertenecían a Fuerzas Armadas, una a la Policía Nacional y otra al Cuerpo de Bomberos de Quito. Recogían agua en la Esmil para descargarla sobre el cerro.
El humo reducía la visibilidad, dificultaba la respiración y provocaba lagrimeo.
Contexto: Incluso con mascarilla y protección adicional, por momentos era necesario alejarse algunos metros para encontrar aire más limpio.
Hasta la mañana del viernes 18 de septiembre, el incendio superaba las 200 hectáreas afectadas.
Contexto: Los equipos trabajaron durante la madrugada para reducir la velocidad de avance y continuaron las labores durante el viernes.
Más de 90 efectivos combatían el incendio y otras 60 personas trabajaban en la gestión de la crisis.
Contexto: El operativo también contaba con 20 vehículos, una base de operaciones y un Puesto de Mando Unificado.
Hasta las 17:00, las labores para controlar y liquidar el incendio continuaban.
Contexto: El viento podía cambiar rápidamente las condiciones y llevar las llamas hacia nuevos sectores.


