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Madres que se transforman para criar a sus hijos

Imagen referencial. Las madres intentan no repetir con sus hijos los que vivieron en su infancia. Foto: Pexels.

En el camino de la maternidad hay frustraciones y retos para tres madres que dieron sus testimonios a EL COMERCIO. Las experiencias de su infancia han influido en la crianza de sus propios hijos. Ellas han luchado contra eso para lograr una educación respetuosa y acompañar a niñas y niños felices. 

Hay algo que las madres deben comprender, señala la psicóloga Montserrat Gortaire. “Los hijos no son una extensión de nosotras, ni siquiera dentro de nuestro vientre. Son personas diferentes, únicas, irrepetibles y con derecho a ser libres, responsables y genuinas”. 

La educación de los hijos, señala la especialista, debe tener como base el respeto a sus propias características y talentos. “Las madres tenemos la obligación de acompañar y ayudar a desarrollar sus propios talentos, sin someterlos a nuestro antojo o repetir patrones, sean buenos o malos”. 

Estos son los testimonios de Natalia Páez, Carolina Casanova y Mariana Alvear. Las tres aprenden a despojarse de sus infancias para guiar de forma distinta las de sus hijas e hijos. 

‘El tiempo que mi hija necesita para sus tareas se respeta’

Natalia Páez: la maternidad duele. Sobre todo cuando todo tu historial infantil viene a controlar a la mamá consciente y equilibrada que pretendes ser. Mis papás, sin saber que hacían mal, me pidieron excelencia desde que tomé un lápiz por primera vez y yo pretendí hacer lo mismo con mi recién escolarizada hija de cuatro años.  

Por más que intentes mantener la calma, el inconsciente aflora y toda esa parte arraigada se replica con los hijos. Empecé a hacer exactamente lo mismo que mis padres hicieron conmigo: a gritar o a decir cosas como “ya, apúrate”.  

Tenía una niña muy asustada, que nunca había visto así a su mamá. Lloramos un día completo, ella por todo el maltrato y yo porque no sabía cómo controlar la situación.  

Sentí que había dejado de ser su mamá, que ya no podía serlo, que estaba en riesgo a mi lado. Llamé a mi terapeuta, quien en su infinita sabiduría logró controlar la situación. He ahí la importancia de la ayuda profesional.  

Y lo hemos logrado, encontré una forma nada ortodoxa de que pueda hacer sus deberes, en un ambiente seguro, amoroso, cálido, respetado. Y al fin siento que vuelvo al control, no solo de esa situación, sino de mis emociones y mis traumas.  

Lo que hice fue hablar con ella, tranquilizarme. Entendí que no importa si no entrega deberes o no hace bien. Tiene cuatro años. Ella lo hará como pueda y ya aprenderá.  

Si no le sale algo, si se frustra, se cansa o llora se acaban los deberes y le explicamos a la profesora que no va a entregar el deber y lo hará otro día. Ya no hay gritos ni llantos sino un aprendizaje en un entorno de respeto a lo que ella necesita. 

Ella tiene una frase que dice siempre: “lo que pasa es que yo quiero practicar más para hacer el deber”. Luego de que lo hace, me avisa que está lista, se sienta a hacer sus deberes y los hace perfecto. Eso se respeta, porque ella expresa lo que necesita.

‘Creía que reprender físicamente a los hijos era algo normal’ 

Carolina Casanova: tuve una infancia feliz pero un tanto atropellada. Mis papis, aunque muy amorosos, me reprendieron físicamente. Ahora entiendo que solo repetían la forma de crianza que practicaron con ellos. Una vez, tenía tanto miedo de decirle a mi mami que había sacado una mala nota que la escondí. Cuando ella la encontró me dio con el cabestro, me bañó en agua helada y me ortigó. 

Decía que era por mi propio bien para que no le vuelva a mentir, pero eso solo hizo que yo tenga más miedo.  

Por eso yo creía que reprender físicamente a los hijos era algo normal y hasta necesario, frente a sus arrebatos. Cuando mi hija de 7 años era más pequeña, para calmar sus berrinches solía darle correazos y lavarle la cara con agua fría, en lugar de abrazarla y preguntarle qué es lo que necesitaba.  

Con el tiempo llegó a mí la información de la crianza respetuosa. Entré en una gran crisis conmigo misma y me odié por ser una mamá abusiva. Lo primero que hice fue pedirle perdón  a mi pequeñita por haberle causado ese daño y la abracé para no soltarla. Ella era más pequeña y no entendía muy bien lo que pasaba, pero ahora día con día trato de hacer lo mejor.  

Entender mis errores y comprender que existen muchas formas de criar a los hijos me costó mucho. Luego vino el proceso de sanar y perdonar. Por supuesto que no todo es miel sobre hojuelas. Me cuesta mucho todavía contenerme y tener paciencia, pero ya son años que mi nena no recibe correazos. 

Ahora sus castigos son diferentes y le explico siempre la razón por la que estoy molesta y le castigo. Veo que entienda que su comportamiento no fue el correcto y que puede hacerlo mejor. 

Desde mi mirada adulta, pienso que mi hijo debe comer más’ 

Mariana Alvear: mi hijo tiene un año y ocho meses, recién está descubriendo el mundo y experimentando con todo. Hay comida que no le agrada. A veces come pequeñas cantidades y se satisface. Yo, desde la mirada adulta y de mamá, pienso que tiene que comer un plato lleno, que debe comer más o que tiene que comer todo. 

Esta situación me estresa, me genera conflictos. Regreso a ver cómo fue mi infancia y yo era una niña que no comía mucho, a la que no le gustaba comer. Y la respuesta de mis padres era obligarme a hacerlo.  

Era una relación un poco mediada por la violencia. Antes te decían “un coscacho o una nalgada no le hace daño”. Ahora con nuestro hijo no hay una relación así. Si él manifiesta una actitud de estar lleno o de no querer comer en un momento determinado, la respuesta es parar, ofrecerle otra comida o dársela después. 

Es como tratar de vencer a tu demonio interno diariamente, es una lucha de todos los días porque soy consciente de que él va a ser producto de cómo su papá y yo le tratemos. Pero aun así hay momentos en los que la ira o la frustración son más grandes y me enceguecen; y no tengo la claridad para saber que la actitud o las palabras que utilicé no son los mejores para generar un ambiente de mayor confort para que el niño coma. 

Es una experiencia que pone a prueba la paciencia y el hecho de que yo, como mamá, me involucre más con mi hijo, le observe, le escuche y haga valer lo que él me expresa con sus gestos, sus gritos o las respuestas que tiene a la hora de comer. 

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