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Tradición, sello que marca el futuro de los japoneses

Los impresionantes adelantos tecnológicos de ciudades como Yokohama son tan apreciados por los japoneses como sus tesoros históricos. Foto: EFE

Los impresionantes adelantos tecnológicos de ciudades como Yokohama son tan apreciados por los japoneses como sus tesoros históricos. Foto: EFE

Los impresionantes adelantos tecnológicos de ciudades como Yokohama son tan apreciados por los japoneses como sus tesoros históricos. Foto: EFE

Hasta el pasado 30 de abril, cuando el emperador Akihito abdicó al trono japonés en favor de su hijo Naruhito, lo que pasaba dentro de su familia era mayormente material de lectura en las revistas del corazón de Occidente.

En los reportes económicos o políticos de las agencias de noticias jamás se habló de la esposa del hoy emperador, Masako, la ‘Princesa Triste’, que tuvo que ser relevada de sus funciones imperiales en más de una ocasión, debido a su delicada salud emocional.

Pero los asiduos compradores de publicaciones como ¡Hola! sí que han podido seguir a lo largo de más de 25 años el drama de esta otrora brillante diplomática, por no haber podido dar un hijo varón a su esposo. Y en el 2006 se enteraron de los rumores en el Trono del Crisantemo de que fue gracias a una fertilización in vitro que su concuñada trajo al mundo en el 2006 al ansiado heredero. Así, las posibilidades de que se cambiara la ley sálica -que privilegia la sucesión por línea masculina- y la única hija de Naruhito y Masako, Aiko, sea emperatriz algún día, prácticamente se volvieron nulas.

Hoy estos entresijos se volvieron materia para los medios más ‘serios’ e importantes el mundo, como National Geographic, The Economist y The New York Times. Si bien la Constitución japonesa de la posguerra cambió la figura del Emperador de un dios viviente con poderes políticos a la de un símbolo de ese país, el futuro de la monarquía puede volverse un espejo del futuro de esa potencia mundial en las próximas décadas.

Para más de uno resulta paradójico que en una nación con los niveles de desarrollo científico y tecnológico de Japón, donde ya son capaces de construir androides con características prácticamente humanas, persista una institución con normas y tradiciones que han variado muy poco desde sus inicios, allá en el año 660 a.C.

Se podría escribir muchísimo sobre el valor histórico y religioso de los emperadores a lo largo de la historia, en un intento de entender cómo, a diferencia de muchos países en Europa que cuentan con reyes y aristocracia, no hay un movimiento claramente a favor de la abolición de la existencia de una figura de poder que no haya sido democráticamente elegida.

Pero en este momento se vuelve mucho más trascendente observar cómo lo que ocurre en la dinastía del nuevo Emperador resulta muy parecido a lo que ocurre en la sociedad nipona.

En primer lugar está el envejecimiento de su población. Así como el tercero en la línea de sucesión de Naruhito es un anciano de 83 años, su tío Hitachi, en ese país de 126 millones de personas casi el 30% supera los 65 años. Y con un relevo demográfico tan bajo como menos de un millón de nacimientos al año, a finales de este siglo la población podría caer por debajo de los 50 millones de habitantes.

De similar importancia es el tema de la igualdad de género. Uno de los detalles que más resaltaron los reporteros que cubrieron la entronización, esta semana, fue el hecho de que ni siquiera la nueva emperatriz Masako pudo asistir, obedeciendo a la tradición, al rito que volvía soberano a su marido. La que tuvo ese privilegio, inédito, fue la única ministra del Gabinete del premier Shinzo Abe, Satsuki Katayama, porque tenía el mismo derecho político que sus pares masculinos.

Y el hecho de que la joven princesa Aiko (17 años) no pueda ser heredera al Trono del Crisantemo, pese a que una reciente encuesta de la agencia local Kyodo mostró que casi el 80% de la población apoyaría que lo sea, también se vuelve una muestra de la impresionante brecha de género en la tercera economía del mundo.

El Informe Global sobre la Brecha de Género 2018, producido por el Foro Económico Mundial, ubica a Japón en el puesto 110 entre 144 países analizados. “De la mujer japonesa se espera sumisión”, escribía el año pasado el periodista Adrián Foncillas, para El Periódico de Cataluña.

Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el año pasado solo un 12% de la población activa femenina se encontraba inmerso en el mercado laboral, siendo la media mundial 27,1%. Y el hecho de que solo uno de cada diez puestos de trabajo en altos cargos y política son ocupados por mujeres lo coloca en el peor sitio en este aspecto, entre los países del G20.

La también periodista Ana Alonso Giménez escribía a inicios de abril que el ligero aumento de presencia femenina en el mercado laboral se debe más “a la falta de mano de obra por el envejecimiento de la población que a un cambio estructural”, y que a las mujeres se las encuentra en empleos “que en otros países desarrollados son normalmente realizados por inmigrantes o estudiantes”.

Un futuro con robots y miles de extranjeros

Se espera que el nuevo emperador Naruhito, educado en la prestigiosa Universidad de Oxford (Reino Unido), aproxime de alguna forma la corona japonesa a la gente de a pie, sin renunciar a las centenarias tradiciones de su dinastía.

Y si estas se mantienen, terminará su reinado con una alta popularidad como su padre, con un 80% de aceptación antes de abdicar. A lo mejor en unas décadas lo sucederá su sobrino, el príncipe Hisaito, actualmente de 12 años, quien a su vez tendrá el mismo reto de mantener el legado que empezó el emperador Jimmu, su lejano antepasado de hace más de 2 600 años.

Pero el siguiente emperador reinará en un país con adelantos tecnológicos que ahora son difíciles de imaginar; un poco de ‘futurología’ permite visualizar carros voladores y a lo mejor teletransportación. E indiscutiblemente estará frente a una población más diversa. La escasez de fuerza laboral volverá una necesidad la llegada de extranjeros, que junto a los androides tendrán que cuidar al gran grupo poblacional de la tercera edad, que hoy vive el inicio de la era imperial Raiwa (‘Bella Armonía’).

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