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La segunda vuelta más larga

Jaime Roldós (centro) y Osvaldo Hurtado se posesionaron en el Congreso Nacional el 10 de agosto de 1979. Asistió el triunvirato militar. Foto: Archivo/EL COMERCIO

Jaime Roldós (centro) y Osvaldo Hurtado se posesionaron en el Congreso Nacional el 10 de agosto de 1979. Asistió el triunvirato militar. Foto: Archivo/EL COMERCIO

Jaime Roldós (centro) y Osvaldo Hurtado se posesionaron en el Congreso Nacional el 10 de agosto de 1979. Asistió el triunvirato militar. Foto: Archivo/EL COMERCIO

Entre la primera y la segunda vuelta presidencial, de julio de 1978 a abril de 1979, mediaron nueve meses. Durante ese tiempo el retorno a la democracia estuvo en vilo.

Todo empezó con el triunfo sorpresivo de Jaime Roldós sobre los candidatos de los partidos tradicionales Sixto Duran-Ballén, conservador, y Raúl Clemente Huerta, liberal. Era la inauguración del balotaje prescrito en la nueva ­Constitución de Ecuador, aprobada mediante referéndum en enero de 1978.

Nadie se esperaba que un recién llegado con poco reconocimiento a nivel nacional se impusiera sobre figuras de tanto renombre. Se apeló al eslogan “Roldós a la presidencia, Bucaram al poder” para subestimarlo, aunque inútilmente, toda vez que durante la breve campaña electoral reveló, con sus 37 años, una personalidad juiciosa y madura.

Había reemplazado en la papeleta a su tío político Assad Bucaram, líder de Concentración de Fuerzas Populares, (CFP), el favorito indiscutido, a consecuencia del impedimento impuesto mediante Decreto por la dictadura militar, respecto de que el presidente debía tener padre o madre ecuatorianos, requisito que incumplía al ser hijo de inmigrantes libaneses.

En un principio, no se objetó el triunfo de Roldós con 32% de la votación, ganador en las provincias de Guayas, Los Ríos, El Oro, Cotopaxi y Cañar, pero en el segundo lugar hubo un virtual empate entre Duran-Ballén y Huerta, con 21%, aunque con una pequeña ventaja en favor del primero.

Bajo el supuesto de que el candidato liberal de centro-izquierda sería un mejor contendiente para impedir que llegue el populismo al poder, sectores afines a la dictadura, frustrados por la derrota en las urnas, activaron un plan de boicot al retorno democrático.

El Tribunal Supremo Electoral (TSE) había sido reconformado luego del referéndum, debido a la renuncia de sus principales los expresidentes Galo Plaza Lasso y Clemente Yerovi Indaburu, quienes dieron por cumplida su misión cívica. Con nuevas autoridades, el organismo se prestó para instrumentar la maniobra.

El vicepresidente del órgano electoral, Rafael Arízaga Vega, un exvelasquista con fama de marrullero, denunció un presunto fraude en Esmeraldas, y declaró por añadidura que “era un pálido reflejo” de las irregularidades sucedidas en el resto del país. De este modo, la proclamación oficial del resultado de primera vuelta, que ­debió tomar semanas a lo sumo, se prolongó durante meses, en el marco de una creciente incertidumbre.

El escenario se fue tensando por la acusación de que el compañero de fórmula de Roldós, el democristiano Osvaldo Hurtado Larrea, era presuntamente un ideólogo de extrema izquierda que iba a promover la estatificación de la economía, favoreciendo un sistema de producción comunitaria.

En ese momento, se hizo obvio que la estrategia era encontrar justificativos para prolongar el régimen castrense, formulando una nueva vía para la entrega del poder a los civiles, lo que exigiría tiempo adicional.

En septiembre se desató una campaña terrorista en Guayaquil que empezó con una potente bomba en el edificio de Filanbanco, vinculado a canal 10, luego TC Televisión, seguida por otras que afectaron a diario El Universo y a la revista Vistazo. De este modo, se pretendía intimidar a los ­
medios de comunicación del país que denunciaban con valentía la artimaña.

La administración estadou­nidense del presidente Jimmy Carter, que apoyaba el restablecimiento democrático y el respeto a los derechos humanos en la región, entregó un comunicado concluyente: “Si es alterado el proceso de restauración de la democracia, eso afectaría a la relación entre ambos gobiernos”.

Ante la presión ejercida por la opinión pública nacional, la dictadura tuvo que ceder y dar paso a la proclamación oficial del resultado que confirmó a Roldós y a Duran-Ballén como candidatos finalistas.

Fijó para el 29 de abril de 1979 la realización de la segunda vuelta. En la marcha atrás tuvo un papel crucial el vicealmirante Alfredo Poveda Burbano, presidente del Consejo Supremo de Gobierno, quien instó a sus colegas del alto mando a respetar las condiciones pactadas para entregar el poder.

El alivio fue efímero, pues a fines de noviembre se produjo el atentado que costó la vida al excandidato presidencial Abdón Calderón Muñoz, del Frente Radical Alfarista (FRA). El estupor y la indignación fueron mayores todavía cuando la investigación, presionada tenazmente por la prensa nacional, confirmó que la agresión fue ordenada por el ministro de Gobierno, Bolívar Jarrín Cahueñas, quien, al parecer, quiso someter a la ­víctima a un “castigo” por sus denuncias en contra de la política petrolera y de endeudamiento del régimen.

Mientras tanto, Jaime Roldós venía haciendo su campaña sin contar con Bucaram, en una manifiesta señal de autonomía política. Se venía apoyando en sectores de independientes vinculados a la docencia de la Universidad Católica de Guayaquil, que tendrían un papel protagónico en su Gabinete
Ministerial. Esa articulación se hizo indispensable ante la carencia de cuadros para gobernar por cuenta del cefepismo.

La relación con su mentor político se había venido a menos, también por el hecho de que otros partidos, como Izquierda Democrática y el FRA, sumaron su respaldo y sacaron beneficio del arrastre de votación del candidato en auge en la elección de la Cámara Nacional de Representantes, en perjuicio de los cefepistas.

La nota destacada de la campaña la puso el dirigente empresarial León Febres-Cordero, quien postuló encabezando la lista nacional del Partido Social Cristiano, agrupación a la que tuvo que afiliarse por así disponerlo la Ley de Partidos.

En contraste con la posición de su coideario Durán Ballén, que manejaba un discurso apacible, de carácter tecnocrático, este irrumpió con vehemencia para descalificar al binomio Roldós-Hurtado, acusándolo de incompetencia “por no haber manejado ni la tienda de la esquina”.

Sin perder su postura flemática, Roldós le respondió calificándolo de “insolente recadero de la oligarquía,” en alusión también al empresario Luis Noboa Naranjo, quien había sido jefe de su incómodo adversario por años.
Los resultados del balotaje no hicieron sino confirmar el amplio favoritismo del ganador de la primera vuelta, quien se impuso cómodamente con el 68% de la votación, triunfando en todas las provincias, excepto en Loja.

Al posesionarse como Presidente de la República, el 10 de agosto de 1979, declaró con cierto fundamento y a la vez con desazón, que le tocaba echar a andar a un paralítico.

 * Periodista, miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador.