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Sacachún, lleno de rostros añosos

Flores Lino Beltrán vive en la soledad de su hogar. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Flores Lino Beltrán vive en la soledad de su hogar. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Agripina Lino enviudó hace muchos años y ahora pasa su tiempo preparando tortillas de verde para los turistas. Foto: Enrique Pensates / EL COMERCIO

Eran solo niños cuando se lo llevaron a Guayaquil, en 1952; pero nunca se borró de su memoria. Cuenta la leyenda que desde que San Biritute dejó estas tierras, a la fuerza, el panorama se tornó tan árido y desolado como los rostros de sus añosos fieles, quienes siguen en pie, tan sólidos como el enigmático monolito tallado en roca marina al que le atribuyen milagros. Algunos deambulan lentamente por la única calle polvorienta de esta comuna ancestral de la parroquia Simón Bolívar, en Santa Elena. Otros se asoman recelosos por los vetustos balcones de madera, cuarteada como la piel cobriza que los envuelve.

Son 30 familias, la mayoría de más de 70 años, aferradas a la paz de ese desierto, en el bosque seco de la Costa, envuelto en el misticismo de sus antepasados: los Guancavilcas (900 a.C.).
Los más jóvenes migraron a La Libertad, Santa Elena y Guayaquil en busca de empleo. Los ancianos siguen sobre esta loma reseca, donde reviven con sus relatos la historia de San Biritute, que retornó el 2011. Era el dios de la fertilidad -algunos tuvieron hasta 12 hijos-; de las cosechas y de lluvias abundantes, que ya no se dan.Pero tienen una vida larga y rutinaria, entre el trabajo y las dolencias de la edad. Y no se quejan.En el parque central, el altar del monolito, un rótulo guarda una profecía.

“Cuando vuelva San Biritute regrasarán los jóvenes, la prosperidad, la fertilidad… Que así sea”. Y aquí siguen esperando.

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