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Pontón, un guerrillero casi olvidado

Imagen: Ilustración

En la lucha donde estaba en juego la libertad, en una fragua de anhelos y sangre caliente, las fuerzas realistas se vieron superadas por el Ejército del Mariscal Antonio José de Sucre. Era 24 de Mayo de 1822. Los ejércitos de a pie se masacraban entre sí.

Se venía el turno de la caballería, algo que cambió el rumbo de la naciente nación que cortaba de tajo el yugo. El yugo servil.

En el Ejido de Iñaquito estaban Los Lanceros, una escuadra de valerosos campesinos y esclavos manumitidos que habían luchado al mando del terrateniente José Antonio Pontón, oriundo de Alausí, distinguido hombre que había recibido en su casa al barón Alexander von Humboldt y, tiempo después, al Mariscal Sucre y al mismísimo libertador, Simón Bolívar.

Los Lanceros, junto con otras tropas irregulares, se apostaron a la caza de la caballería realista, que aguardaba al pie del volcán Pichincha el desenlace de la batalla de infantería.

Cuando los fieles al Rey de España vieron esta táctica de pinza, lucharon en lo que el historiador Roberto Leví Castillo llamó la batalla del Ejido de Iñaquito. Al verse superados, la única salida para los realistas fue el desbande total. Era el nacimiento de una nación.

Este episodio, poco tratado en la historiografía tradicional, es uno de los elementos que llevó al guayaquileño Gabriel Fandiño a buscar más sobre la historia marginal de los guerrilleros que lograron la independencia.

En ese camino encontró dos capítulos olvidados o, más bien, minimizados por los historiadores: la efectividad de las guerrillas libertadoras y sus caudillos. Eso dio paso al libro ‘Coronel José Antonio Pontón, comandante de guerrillas en la independencia’.

Un nombre recurrente

Hace 12 años, Fandiño encontró esas reseñas y se quedó intrigado. Se decidió a corroborarlas. Antes, había enfocado sus primeros esfuerzos sobre la Segunda Guerra Mundial y luego fue decantándose por la historia de la independencia latinoamericana. En ese punto, dice, estudiar la figura del Mariscal Sucre es una tarea obligatoria y allí es donde comienza a leer recurrentemente (en boletines, en libros y biografías) el nombre de Pontón.

Fandiño relata que una vez que Sucre toma Cuenca, en enero de 1822, hubo 45 días en los que no hubo actividad de esa columna hasta la batalla de Riobamba, el 21 de abril. Pero revela que hubo un combate decisivo en el que peleó José Antonio Pontón, ocurrido el 8 de marzo, conocido como la batalla de Totorillas, cerca de Guamote.

“Este pasaje lo hemos olvidado en Ecuador -dice Fandiño- y se trata de una injusticia histórica, que ha tenido que ver con invisibilizar las acciones de estos guerrilleros. Como fue un combate que no tuvo a los oficiales del Ejército de Sucre, quedó por fuera de los boletines oficiales. La historiografía de la independencia se ha basado mucho en estos documentos oficiales”.

Totorillas es un pajonal, una planicie. Allí se encontraron del lado independentista 70 jinetes, liderados por José Antonio Pontón, que se enfrentaron a 200 jinetes realistas. El boletín del combate lo escribió Pontón y, según Fandiño, Sucre, en su informe de operaciones, lo hace aparecer como un ensayo para que las fuerzas del rey español sintieran que podían ser derrotadas.

Fandiño asegura que aparte de las batallas de Totorillas y la del Ejido de Iñaquito, hay otra hazaña en la que participó activamente Pontón: para que la toma de Cuenca, por parte de Sucre, se haya logrado sin ningún muerto, intervino la idea de Pontón de simular que su tropa era la de Sucre y que iba a la toma de Quito directamente por Alausí, mientras que las fuerzas del Mariscal avanzaron a Machala y llegaron a Saraguro para ir a Cuenca.

Fandiño alega que esa táctica fue gravitante, puesto que los realistas se concentraron en el ascenso por Alausí, y no en el sur. “Si no hubiesen tenido esta idea, el ejército de Sucre habría sido reducido inevitablemente y la libertad se habría dilatado”.

“¿Qué me hizo decidir sacar el debate histórico de la importancia de las guerrillas en la independencia? Porque -se contesta Fandiño- han estado invisibilizadas. Porque la pieza clave de nuestra historia es que hemos visto la independencia a través de los ojos de Sucre o de los grandes héroes.

No hemos aplicado lo que en la ciencia se llama microhistoria, que nos permitiría ver en este caso el papel de las guerrillas, el de las mujeres, el de los esclavos manumitidos, tampoco hemos dicho nada de los curas guerrilleros, como el padre cuencano José de Manuel Ortiz, que tenía la peligrosísima tarea de reclutar a oficiales realistas”.

Para llegar a esas conclusiones, Fandiño sintió que debía indagar la correspondencia de Sucre y Pontón. Se fue a Venezuela, y allí encontró 21 cartas, las digitalizó y trabajó junto a los paleógrafos Yanán Basantes (Caracas) y Gladys Cisneros (Guayaquil). 

Para la recreación de los días de la independencia, Fandiño tomó la técnica del escritor Stephan Zweignovelista, biógrafo y a su manera un historiador- cuya metodología era investigar con rigurosidad y encontrar una narración propia de los hechos, sin aumentar nada más allá de las fuentes consultadas. Un añadido imprescindible: Fandiño es un ilustrador de trazos finos y detallados y sus dibujos completaron el ciclo creador.

De ahí que en la lectura de la obra hay una narrativa con una tonalidad dramática, que se logra cuando entra en escena don Martín Chiriboga y León, un hacendado de la época de lo que hoy es Chimborazo, un férreo defensor del modelo colonial.

Es la némesis real de Pontón, tanto que el guerrillero entró a la hacienda de Chiriboga, liberó a los esclavos y se los llevó a nutrir sus tropas. Su enemistad traspasó los días de la independencia y tuvo un final que solo es revelado hasta las últimas páginas.

Por último, el autor identifica a los guerrilleros y comandantes masones, un detalle marginado en la historiografía tradicional, algo que no tiene desperdicio y es un valor agregado.

Génesis de un guerrillero

El José Antonio Pontón que se enfrenta a los españoles, que ofrece su contingente rebelde a la campaña libertaria de Sucre y Bolívar, tenía experiencia en el combate. Fue capitán de los ejércitos que Fandiño identifica como lo que fue el Estado de Quito. “Quito era un Estado -agrega-; ya nadie discute que Quito fue un Estado, producto de la rebelión entre 1809 y 1812”.

Para salvarse, Pontón se escapó a Esmeraldas y allí manumitió a decenas esclavos y puso en práctica las tácticas de Xavier Mina, el guerrillero ibérico que luchó por la liberación de España de la Francia napoleónica: es decir, utilizar el elemento sorpresa, la emboscada, el engaño estratégico… todo lo que no se hace en la guerra convencional.

Tras su retorno a su añorado Alausí y su participación en el movimiento independentista, consigue que se le reconozca el grado de capitán y luego es ascendido a coronel.

En la República trata de crear un camino que una Quito con Esmeraldas, pero la empresa no termina bien. Activo participante de la vida grancolombina, propone salidas a la crisis económica, producto de la guerra, y terminó como jefe de los correos.

Fandiño reconoce una carga negativa del vocablo guerrillero. Reconoce que el libro sirve para “no demonizar” a quien se lo reconozca así, porque según las épocas “los hombres son dueños de sus convicciones”, finaliza.

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