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La fase poscovid demanda terapia física y psicológica

El programa Inspirar, del Hospital Bicentenario de Guayaquil, ofreces terapias. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Su hospitalización duró 63 días. Robert Gallegos recuerda que tuvo los primeros síntomas de covid-19 el 29 de marzo. No podía respirar y en medio de la angustia fue al Hospital Bicentenario de Guayaquil.

Su saturación cayó a 85% -el rango normal es superior a 90%-. El riesgo era mayor por su hipertensión y un peso de 148 kilos. “Usé una cánula de alto flujo de oxígeno por semanas y pasé todo el tiempo acostado. No saber si saldría con vida fue angustiante”.

El hombre de 52 años tuvo apoyo psicológico. Y poco antes de recibir el alta fue derivado al área de recuperación.

Terapistas respiratorios, neumólogos y psicólogos forman los equipos de recuperación poscovid. En conjunto tratan secuelas como la fibrosis pulmonar, ansiedad y depresión, trastornos del sueño y problemas de la memoria.

“La rehabilitación debe empezar de inmediato”, dice Iván Barreto, director del Bicentenario, donde han atendido a 78 000 pacientes con covid-19. 700 son parte de programas terapéuticos de recuperación.

En la parte clínica usan la escala de Borg, para medir la percepción de esfuerzo. “El tratamiento es individualizado e incluye ejercicios de espirometría, caminata y otras técnicas que se aplican progresiva­mente”, dice Barreto.

Inspirar es el programa del Bicentenario. “Tome aire”, pide a un grupo Ana Gamboa, encargada de la rehabilitación pulmonar. Sus instrucciones son seguidas por un silbido profundo de los pacientes.

Ronald Orellana es parte del grupo. Él estuvo dos semanas hospitalizado. “Han pasado nueve meses de la infección y aún me falta el aire. Pero los ejercicios me están ayudado”.

El quiteño Nelson Chicaiza recuerda aquellos 86 días que estuvo internado en el Hospital Carlos Andrade Marín (HCAM), del Seguro Social. El 29 de agosto del año pasado ingresó con complicaciones respiratorias graves por covid-19. “Fueron días difíciles. Salí del hospital con oxígeno y con los pulmones muy dañados”.

En febrero comenzó terapia, con ejercicios físicos y respiratorios. “Cuando salí del hospital me dijeron que dependería del oxígeno. Pero después de las terapias fisio-respiratorias lo he dejado poco a poco. A la fecha lo utilizo en las noches y tres horas en la mañana”.

Para Nelson los ejercicios han sido ideales, porque le permitieron retomar su rutina. “Estoy feliz, pero tuve un poco de miedo a la enfermedad”.

Pamela Valladares, de 34 años, y Lidia Cervantes, de 47, también sintieron ese temor. Ellas tuvieron una enfermedad leve y moderada; sin embargo, tuvieron cuadros de estrés y ansiedad. Por eso, optaron por las terapias holísticas y yoga.

“Tenía miedo de agravarme y terminar en el hospital”, relata Lidia, quien buscó opciones para equilibrar sus emociones.

En el Centro Vrindavan, en Tumbaco, encontró terapias de apoyo, como la Gestalt Integrativa y el yoga. En este año, el centro ha trabajado con 15 personas infectadas con el virus.

En el Bicentenario, el tratamiento se completa en la Unidad de Salud Emocional Municipal (USEM). En un año ha dado atención a 405 pacientes, en más de 2 500 sesiones.

El abordaje empieza con una terapia de descarga emocional. “A medida que la persona recupera su sentido de vida, su visión catastrófica se aleja, su sistema inmune mejora y responde al tratamiento”, explica el psicólogo Gino Escobar, director de la unidad.

El temor a la muerte deprimió a Robert. En su larga estancia perdió 37 kilos y debió recibir varias visitas de psicólogos antes de acceder a las videollamadas de sus hijos. Ese fue un soporte para acelerar el alta y ahora, con las terapias, su oxigenación subió a 92%.

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