Resistencia pacífica, ¿concepto obsoleto?

bombas molotov

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Las protestas antigubernamentales en Hong Kong ya han incluido bombas molotov. Foto: Captura

El pasado 18 de enero, el diario británico The Guardian recogió las palabras de Bernice King, hija del pastor y activista por los derechos civiles Martin Luther King Jr. Apenas doce días antes se había producido la violenta irrupción de los seguidores del expresidente Donald Trump en el Congreso estadounidense, y habían transcurrido menos de ocho meses desde la gran movilización causada en ese país por la violenta muerte del afroamericano George Floyd, a manos de agentes de la Policía.  

Todo esto, sumado a la tensión que todavía experimenta ese país por ser uno de los más golpeados en el mundo por la pandemia, luce como el escenario ideal para dar la razón a los agoreros del desastre. Pero la reverenda King dice que aunque “la violencia se extiende al discurso, lo que decimos y cómo lo decimos”, es el mejor momento para construir ese sueño que hizo tan famosos a los discursos de su padre: un mundo en el cual todo conflicto se resuelva en forma no violenta, y la compasión sea la que dicte las políticas.

“Esta podría ser la última oportunidad del género humano para escoger entre el caos y la comunidad”, acota. Sin embargo, en varios puntos del mundo esa capacidad de conciliación parece cada vez más remota, e incluso el trabajo de las legislaturas resulta impotente ante realidades que polarizan, enfrentan y causan heridas difíciles de cicatrizar.

Un ejemplo que no pierde vigencia porque conforme pasa el tiempo adquiere nuevos matices es el de los ‘okupas’ en España, fenómeno que se profundizó a partir de la crisis inmobiliaria del 2008. Ya poco queda de ese movimiento nacido a finales de los años 60 e inicios de los 70 del siglo pasado en el Reino Unido, cuando grupos contraculturales ­ (hippies y punkies) habitaban propiedades abandonadas por sus dueños.

Hoy, los buscadores de Internet y las redes sociales están llenos de material que incluye desde consejos para evitar el desalojo si una persona está ‘okupando’ una vivienda, o qué debe hacer un dueño de casa para sacar a la fuerza a los intrusos sin tener que recurrir a la vía legal, que en el peor de los casos pudiera tomar años.

Los diputados intentan llegar a un punto medio entre defender el concepto de propiedad privada y proteger a los más vulnerables de los que hacen su vida en los 14 621 inmuebles usurpados hasta 2019, según los últimos datos del Ministerio del Interior. Los medios continuamente dan cuenta de dramas y enfrentamientos con palabras y cuchillos para entrar o para mandar a salir.

A siete husos horarios de ahí, lo que en el 2014 fue bautizado en Hong Kong como Occupy Central y en Occidente conocimos como la Revolución de los Paraguas, ya parece un recuerdo lejano. Al más puro estilo de Rosa Parks, que 59 años antes se negó a ceder su asiento de autobús a una persona blanca en Alabama, como una forma de protestar contra la segregación racial en EE.UU., miles de personas salieron a las calles de la metrópoli asiática a reclamar más democracia con sus sombrillas en la mano para protegerse del sol, artículos que terminaron por convertirse en su única defensa contra los gases lacrimógenos de la Policía.

Los reportes noticiosos de las protestas a partir del 2019, frenadas en algo por el embate del covid-19, son diametralmente opuestas. Autoridades mucho más agresivas y protestas de manifestantes armados con bombas molotov, que incluso entraron a la sede de Gobierno, hablan de una situación política de por sí compleja por la oposición de varios sectores a una adhesión ­

completa a China, y con muy pocas posibilidades de dis­minuir sus tensiones por vías de diálogo pacífico.

Y a pesar de la gran aceptación entre la generación Milenial y posteriores de las filosofías orientales en las que se basó Mahatma Ghandi para ejercer el derecho a la resistencia y al final conseguir la independencia de India del imperio británico, las imágenes que captan los reporteros gráficos de las agencias internacionales de noticias poco tienen que ver con actitudes no violentas en los actos de deso­bediencia civil. Patrimonio y propiedades destruidas, heridos por docenas, encarcelados por centenas, caos...

Los cuatro años de Trump en la Casa Blanca y la importante votación que obtuvo en el 2020 cuando aspiraba a la reelección son una muestra de que la sociedad actual se inclina más a lo que los estudiosos denominan violencia proactiva -partiendo desde el discurso- para intentar cambios.

Por más conmemoraciones y exaltaciones a las figuras del propio Gandhi, del sudafricano Nelson Mandela o del mismo Martin Luther King Jr., sus legados y discursos parecen solamente material de centenares de artículos académicos. El caudillismo que conquista simpatizantes a través de la invitación a romper con lo establecido consigue los mejores resultados, y la palabra unión se vuelve socorrida retórica de quienes escriben discursos.

Bernice King remarca que las circunstancias nos están llevando a un punto de no retorno entre “la coexistencia no violenta o la coaniquilación con violencia”. Ella y sus hermanos se unieron en el 2020, en medio del dolor e indignación por el abuso policial que causa muerte en virtud del color de la piel, para continuar recordando al mundo -tal como hizo su papá- que siempre hay una vía a partir de la paz y la consideración a los derechos del otro. Una misión que trasciende lo religioso, pero que en los hechos consigue adherentes solo en la buena intención.

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