1 de septiembre de 2019 00:56

La presión sobre la Amazonía llega por varios frentes

El 59% del territorio de Brasil todavía está compuesto por zonas de bosques.

El 59% del territorio de Brasil todavía está compuesto por zonas de bosques.

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Isabel Alarcón
Redactora (I)
ialarcon@elcomercio.com

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Talar, quemar y finalmente habilitar el espacio para actividades agropecuarias o extractivas se ha convertido en una práctica común en la Amazonía. Esto ha sido asociado con los recientes incendios en la zona y podría poner en peligro no solo a los ecosistemas de está área, sino a la estabilidad de todo el planeta.

La Amazonía es conocida por ser el hogar de un tercio de las especies que habitan en la Tierra y por albergar una quinta parte de los bosques del mundo. Además, es responsable de captar carbono, proveer oxígeno y es un regulador de la temperatura a escala global.

Gonzalo Rivas, investigador de la Universidad San Francisco de Quito y PhD en Manejo de Vida Silvestre y Conservación, considera que “la Amazonía debería ser intocable”, ya que la deforestación en esta zona no solo afecta a los ocho y un territorio de ultramar.

Rivas explica que estos ecosistemas se encargan de guardar un porcentaje de dióxido de carbono (CO2) del planeta. Según The Nature Conservancy, 48 billones de toneladas de este gas asociado al cambio climático es almacenado en estos árboles. Al talarlos, estos liberan ese carbono que se encontraba retenido. En Brasil, por ejemplo, 57% de los gases de efecto invernadero provienen de la deforestación.

El investigador dice que otro de los aportes de la Amazonía es su capacidad para regular y mantener una temperatura adecuada, que ha permitido la vida en el planeta. Una deforestación a gran escala en esta selva incrementaría la temperatura atmosférica y reduciría las precipitaciones. Esto conduciría a un aumento de la estación seca.

En los últimos 60 años, la cuenca amazónica ha sufrido una pérdida del 20% de su superficie asociada a la deforestación. Los intereses en esta zona van desde las tierras para la siembra de cultivos, la presencia de ganadería y la creación de zonas para la minería.

Rivas dice que se debe desmitificar la idea de que la Amazonía es un sitio muy fértil. Ciertas zonas, dependiendo de la magnitud de los incendios, no se podrán regenerar y estas tierras dañadas no van a servir para la agricultura. La capa del suelo fértil de la Amazonía además es muy pequeña en profundidad. En zonas como el Yasuní, explica el investigador, la capa del suelo es arcillosa, por lo que no es adecuada para fines agrícolas.

Otra de las presiones, sobre todo en Brasil, es la industria de la soya. China ahora busca obtener este producto del país sudamericano y los esfuerzos por abrir más campos con estos fines se incrementan. En otros casos, se despejan grandes hectáreas para colocar el ganado. En la Amazonía la tala ilegal también está asociada a la existencia de especies como el cedro y la caoba, que se venden ilegalmente a precios altos en el mercado internacional.

A estas amenazas se suma el interés en la minería. El estudio ‘La Amazonía saqueada’ revela que existen 2 300 puntos, 245 áreas y alrededor de 30 ríos donde está presente la minería ilegal de oro, diamantes y coltán. La mayor parte de estos se encuentran en Brasil.

Rivas explica que esta industria no solo trae deforestación, sino también contaminación. Para extraer minerales como el oro se utiliza mercurio, el cual termina en el agua y afecta a los peces y finalmente a las personas que los consumen.

El peligro es que esta zona cada vez vaya perdiendo sus propiedades y se convierta en una gran sabana seca. El equilibrio es tan frágil en este lugar, dice el investigador, que a menos que haya asistencia activa de los humanos, no van a poder regenerarse y su fauna también resultará afectada.

Jorge Brito,
investigador de la colección de mamíferos del Instituto Nacional de Biodiversidad (Inabio), explica que al perder la cobertura vegetal, los animales mueren y los que pueden buscan nuevas zonas.

En estos eventos los mayores perjudicados son los roedores, ya que debido a su tamaño no logran escapar del fuego. La desaparición de los roedores tiene una repercusión en los mamíferos grandes, que deben movilizarse a nuevos espacios en busca de alimento. Es posible que estos se empiecen a desplazar a otras zonas del continente, lo que puede desestabilizar los ecosistemas.

En el caso de la flora, la Amazonía también tiene un papel fundamental. Esta zona es considerada un laboratorio vivo debido a la cantidad de plantas medicinales. Omar Vacas, investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, explica que en la Amazonía existen 40 000 especies de plantas de las cuales 25 000 son medicinales. De estas, menos del 1% han sido estudiadas, dice Vacas. Con este tipo de evento, muchos principios probablemente desaparecerán sin haber descubierto su potencial para curar enfermedades catastróficas.

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