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Tras el rastro de los satélites

Gary Flores muestra uno de los aparatos que desarrolló a bajo costo en el Ecuador.

Gary Flores muestra uno de los aparatos que desarrolló a bajo costo en el Ecuador.

Gary Flores muestra uno de los aparatos que desarrolló a bajo costo en el Ecuador. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Con materiales caseros, económicos y con una buena dosis de ingenio, Gary Flores, un inventor a tiempo completo, desarrolla rastreadores de satélites. El ingeniero en Telecomunicaciones, graduado en la Escuela Politécnica Nacional, prefiere llamar receptores a sus artilugios, porque captan señales de todo tipo, entre ellas las de los satélites.

Desde su época de estudiante, a Flores le interesó hacerse con la señal que sabía emitían los satélites que circundan la Tierra. Este interés se vio reforzado cuando Ecuador lanzó el minisatélite Pegaso desde una base en China, el 2013.

El lanzamiento fue exitoso, pero no se tuvieron luego detalles de la señal directa que emitía, pues ninguna institución se propuso recibirla. Flores sabía que los sistemas para receptar señales directamente de un satélite cuestan más de USD 80 000, así que decidió aplicar su inventiva y sus conocimientos para construir un rastreador satelital más asequible.

Una de las limitaciones más importantes fue encontrar literatura técnica especializada. La Internet era precaria y la información llegaba a cuentagotas. No existían las facilidades de acceso de ahora a bases de datos, revistas internacionales y bibliotecas digitales.

Otro obstáculo era la necesidad de contar con laboratorios especializados. Jugó a favor de Flores el hecho de que, en aquella época, pasó a trabajar en la EPN. Esto le dio acceso a laboratorios de esa institución, en los que trabajan técnicos especializados.

El inventor comenzó por desarmar un televisor, para utilizar una parte del receptor de señal del electrodoméstico. Este era un sintonizador amplio capaz de trabajar en banda ancha, en un rango que iba desde 56 megahercios hasta 1,2 gigahercios.

Flores acopló este sintonizador a un sistema electrónico. Tuvo que adaptar también un procesador de datos al equipo.

Las pruebas no se podían hacer en casa, pero sí en los laboratorios de la EPN, concretamente en tres de ellos: primero en el laboratorio de antenas; luego en el de alta frecuencia; posteriormente en el más nuevo, el de análisis de señales.

Con el apoyo adicional del Observatorio Astronómico, luego de cuatro años el prototipo estuvo listo. Costó apenas USD 50 en materiales, pero también años invaluables de cálculos, ingeniería, procesamiento y muchas pruebas, hasta que el rastreador comenzó a captar la señal de los satélites.

Flores patentó su invento en el entonces Instituto Ecuatoriano de Propiedad Intelectual (IEPI). Él y su receptor pasaron a captar en el centro científico de La Alameda, en Quito, los rastros electrónicos que se emitían desde la estratósfera.

Las primeras señales con las que trabajó fueron de satélites meteorológicos, como los de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica estadounidense (NOAA). Estas permitían elaborar mapas y poner atención en aspectos específicos.

Flores resalta la importancia de captar directamente la señal de los satélites. Esto permite tener los datos en bruto y segmentarlos según el interés científico que se tiene.

Por ejemplo, las plataformas digitales de los medios televisivos dan acceso a datos como temperatura ambiental o probabilidad de lluvias, porque tienen esos filtros.

Estas plataformas omiten, sin embargo, otros datos que pueden ser de interés; como la dirección del viento, la temperatura de las nubes o la velocidad de las corrientes marinas.

Flores dice que después de haber creado el prototipo, ha sido mucho más fácil mejorarlo y optimizar sus funciones. Su receptor ahora capta también las señales de satélites como los dos que envió la Universidad UTE al espacio en convenio con universidades e instituciones rusas.

Aunque este tipo de satélites tiene una vida muy corta -entre un día y dos años-, emiten muchos datos: nivel de luz que recibe cada una de sus fotoceldas, su velocidad, posición, nivel de batería, etc.

Toda esa información se recibe en Tierra cada vez que los veloces satélites pasan por un punto determinado. Tardan 96 minutos en promedio en dar una vuelta al planeta. Están pocos minutos sobre nuestras cabezas, cuatro veces al día.

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