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La indecisión, un lastre contra la oportunidad

Joaquín Hernández Alvarado posa en la oficina de la UEES de Samborondón.

Joaquín Hernández Alvarado posa en la oficina de la UEES de Samborondón.

Joaquín Hernández Alvarado posa en la oficina de la UEES de Samborondón. Foto: Cortesía UEES

El educador Joaquín Hernández Alvarado recomienda aplicar como antídoto para la indecisión el principio filosófico de la Navaja, de Ockham, que se utiliza también en marketing político. La explicación más sencilla en cada contexto suele ser también la vía más probable, apunta.

¿Qué es lo primero que le sugiere el concepto de indecisión?

En estos momentos me lleva a relacionarlo con un término más amplio: la incertidumbre, que expresa un estado de ánimo mundial. El famoso filósofo esloveno Slavoj Žižek, en su libro ‘Como un ladrón’ (2020), que tiene toda una connotación bíblica a pesar de que él es ateo, trae una anécdota que me interesa. El año pasado, en Macedonia, él fue con su pareja a un hotel y ella le preguntó al recepcionista si en el hotel se podía fumar en las habitaciones. La respuesta fue que no, no se puede fumar, pero había ceniceros. Eso es la ­incertidumbre, ¿asumo el cenicero como adorno o fumo y corro el riesgo de la transgresión?

¿El punto es que la incertidumbre actual ahonda el problema de la indecisión?

La pandemia rompe todas las certezas y la indecisión se multiplica. Hay una incertidumbre, un vacío sobre qué hacer. Es decir, usted puede acudir a elecciones o a disfrutar del Carnaval en balnearios, a pesar de previsibles tumultos y riesgos de contagios de coronavirus. No estoy apelando a un gran amo, pero desde la misma autoridad se genera una indeterminación, que ahonda el estado de incertidumbre.

La raíz latina de decisión tiene que ver con verbos como zanjar, abatir, vencer. Nos llama a la acción. ¿A veces lo que sucede es que nos paralizamos?

Lo que pasa es que para la filosofía la decisión siempre se produce en un horizonte y en un trasfondo, en un contexto. Es el contexto el que ahora está oscurecido y aumenta el problema. Las decisiones están afectadas, viciadas, por un contexto en el que lo que prima es la inseguridad.

¿Qué tanto debería pesar lo racional y lo emocional al momento de decidir?

Las dos cosas; y no puede desligarse una de la otra. Lo que pasa es que nos falta una cultura de equilibrio, yo no veo a la razón como una especie de controladora de la emoción, sino más bien como una facilitadora. Toda la proliferación de las redes sociales se debe a que apelan a la emoción. Lo que hace falta es contextualizar esas emociones, la razón obliga
a relativizar. Es necesario madurar en la emoción.

¿Hay que tratar de limitar y elegir entre opciones que de verdad necesitamos y que nos sean útiles?

Las verdaderas decisiones tienen que tomarse en un espacio y un tiempo determinados, es verdad que puede existir una proliferación de opciones. Pero las decisiones tienen un límite y el problema es dejar pasar la oportunidad. Hay que tomarlas y asumirlas en el presente. No se puede esperar que llegue el estado ideal de cosas. No es que estoy predicando el irracionalismo, lo que quiero decir es que, ante toda esa proliferación de dudas y opciones, hay que ir por un camino sabiendo que puede haber éxito o no. También es válido decidir -según el caso- que no es el momento y postergarlo, luego de hacer una revisión profunda y de evaluar los riesgos, porque la oportunidad puede no volver.

En estos días un amigo temía que una posible equivocación le pesara después en su conciencia. Hay que responsabilizarse al elegir. ¿Qué papel juega la culpa?

Pienso lo mismo. Evidentemente no estoy pretendiendo que seamos irresponsables o alocados. La culpa no es, en último término, sino una formulación de ese estado de conciencia al que llega el ser humano, de que algo le falta. Creo que no debemos perder un carácter prospectivo, algo en lo que fallamos mucho. Se toman decisiones sin hacer análisis de escenarios reales posibles. Pero no se puede llegar a un estado de indecisión permanente, en perjuicio y desmedro de uno mismo. El errar y equivocarse hace parte de nuestra propia constitución, lo cual no debe llevarnos a una suerte de pesimismo.

¿Una vía sería tratar de cambiar lo perfecto por lo suficiente bueno?

Hay una famosa frase que dice que lo real es mejor que lo perfecto. Lo perfecto es algo que creemos que existe y a lo que tratamos de llegar, pero qué pasaría si la condición humana en vez de la posesión de perfecciones no fuese sino una búsqueda de llegar a determinadas claridades, verdades, revelaciones, pero nunca una posesión final definitiva. Eso no le va a quitar fuerza a su ­búsqueda o a su trabajo; todo lo contrario, lo va a incentivar.

Joaquín Hernández

Nació en El Salvador, nacio­nalizado ecuatoriano y residente en Guayaquil por más de 60 años. Es doctor en ­Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Se desempeña como docente y es rector de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES) desde el 2014.

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