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Pablo Barriga: ‘Los parques son fundamentales para una ciudad’

El artista conceptual Pablo Barriga, en su casa en Quito. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

El artista conceptual Pablo Barriga, en su casa en Quito. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

El artista conceptual Pablo Barriga, en su casa en Quito. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

De entrada, Pablo Barriga pide que para la fotografía que acompaña a esta entrevista lo dejen salir con su mascarilla. Está en el interior de su casa ubicada en el barrio La Floresta. Allí ha pensado varias de las obras que lo han convertido en el artista conceptual más destacado del país.

Cuénteme, ¿por qué decidió salir con su mascarilla?

Porque quería decir que soy un adulto mayor que me cuido y que no estoy desesperado porque me vacunen. En este momento, las vacunas deberían ir a los médicos o a los profesores, para que haya más posibilidades de que se vuelva a la educación presencial. A veces, tengo un sentimiento vergonzoso de que se me vea como un abuelito, conste que soy abuelo, porque no siempre los abuelitos son esos seres ideales que aparecen en los cuentos. Solo hay que acordarse que en uno de esos relatos la abuelita era una lobo disfrazado. 

¿Vivimos en una sociedad que infantiliza a los ancianos?

Bastante, le diré que soy un viejo joven porque tengo 71 años. Si fuera uno de 90, no sé cómo actuaría ahora mismo. El otro día vi la noticia de unos ancianos alemanes, que habían pedido que les vacunen con cierto tipo de marca y todo para estar más seguros en su viaje a las playas de España. Me pregunto cómo alguien, por más anciano que sea, está pensando en un viaje de placer, cuando la mayoría de la humanidad sigue viviendo una situación crítica. 

Hay artistas que han contado que el encierro los ha vuelto más creativos, ¿a usted cómo le ha ido con el confinamiento?

Para mí el confinamiento, si lo relacionamos con esta idea de encierro, no ha sido una novedad. Siempre he sido una persona que lee, escribe y pinta en soledad. No puedo negar que me he sentido afectado porque se ha creado una sensibilidad especial en torno a la enfermedad y a la muerte. Sin embargo, me puse a pintar una serie de cuadros y resultaron ser imágenes de los muebles que estaban cerca mío, sobre todo sillas y bancas. Son imágenes relacionadas a esta idea de la presencia y de la ausencia.

¿ Y cómo le ha ido con su hábito de viandante en este año? 

Siempre he sido un caminante. De joven caminé como hippie fuera del país. Ahora, de viejo, lo sigo haciendo, entre otras cosas para mantenerme en un buen estado físico. Cuando hay sol, aprovecho para salir a tomar vitamina D, que es gratis. Lo que sí ha pasado en este tiempo es que mi circuito de caminata se ha reducido a cuatro o cinco manzanas. Visito una quesería, una frutería y, de vez en cuando, una botica. A buena hora, todavía consumo más frutas que medicinas.

¿Quito es una ciudad por la que realmente se puede caminar?

Quito no es una ciudad en la que uno pueda caminar por cualquier parte, sino por donde uno se sienta familiarizado con el entorno y la gente. No es una urbe que piensa en los viandantes. Acá, los fines de semana deberían ser solo para los caminantes y para la gente que se mueve en bicicleta. Eso nos permitiría respirar un aire más puro y disfrutar más de las caminatas y del paisaje.

Los parques han ocupado un lugar particular en sus travesías por la ciudad, ¿cuáles son a los que siempre vuelve?

También soy un visitador de parques, inclusive, parte de mi obra la he realizado en estos espacios. Cuando era colegial iba mucho al parque de La Alameda. Me escapaba del colegio y hacía siestas, me subía a la canoa y al churo. Me gustaba porque había un sentido de lo popular. Uno de los parques al que siempre vuelvo es a La Carolina. Iba con mis hijos, cuando eran pequeños, en plan de jugar y relajarnos y también para hacer algunos de mis performances. Me gusta caminar por un parque, porque agudiza mi capacidad de observación. Suelo imaginar cómo será la vida de las personas que pasan junto a mí. Los parques son espacios fundamentales para una ciudad y en Quito no se complementan con los lugares de ocio cultural. 

Usted apostó por el arte conceptual cuando acá solo la pintura y la escultura tenían legitimidad, ¿Qué ha sido lo más complicado de haber tomado ese camino?

Lo más complicado ha sido tener la incomprensión del público y estar fuera del mercado del arte. Me acuerdo que, de joven, alguien me dijo que hacía esas ‘tonteras’ porque era incapaz de pintar como Rafael o Picasso. Y claro, soy incapaz de pintar como ellos porque pinto como un Barriga. Había la idea errada de que lo conceptual era un desvío, o un facilismo, para aquel que no dominaba las técnicas tradicionales. Una vez, le preguntaron a Marcel Duchamp si se definía como un pintor, el creador del ‘ready made’, como un jugador de ajedrez,o  un profesor de francés y él respondió que como un ‘hombre que respira’.

¿Y usted cómo se define?

Jugando, un poco, con lo que dijo Duchamp me definiría como un hombre que ‘mascarillea’, porque la mascarilla se ha vuelto un elemento esencial para cuidar la vida.

La crisis sanitaria ha hecho que los hospitales se vuelvan más cotidianos, pero usted trabajó en uno abandonado por años. 

La primera vez que estuve en el ex Hospital Militar fue en 1992. Justo después de volver de mi año de beca Fulbright en Nueva York. Allí vi como los edificios abandonados del Soho se habían convertido en talleres de artistas. De ese primer día recuerdo los olores fétidos y los cuartos llenos de maquinas antiguas de los años 20 y 30 del siglo XX. Con Jenny Jaramillo y otros artistas tuvimos nuestro taller ahí durante diez años. 

También fue profesor universitario por décadas, ¿cree que se pueda aprender arte por Zoom?

Un profesor es alguien que acompaña los procesos y el técnico es solo uno de esos procesos. Hace falta esa dinámica constante de retroalimentación, que es difícil generar a través de una pantalla. En este país, los estudiantes han sido uno de los grupos más afectados por la pandemia.

TRAYECTORIA

Es pintor, artista conceptual, perfomer y escritor. Estudió en Inglaterra y Estados Unidos. Trabajó como docente en la Universidad Central. Ganó el Premio Mariano Aguilera a la Trayectoria Artística. Es fanático de la obra y el trabajo de Banksy.