29 de August de 2011 00:01

Más allá de la academia está el arte naif

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A paso lento, Luis Millingalli, oriundo de Pujilí, Cotopaxi, se acerca a la sala V del Centro Cultural Metropolitano. Allí, da una mirada panorámica a la sala, que hasta hoy exhibe 45 lienzos; trae a la memoria viejos recuerdos y comenta: “cada uno de estos cuadros fue el producto de mis viajes por diversos rumbos”.

Y es que Millingalli, para quien la academia de artes lleva el nombre del maestro Oswaldo Guayasamín, es uno de los varios artistas ecuatorianos que han apostado por el arte naif como el punto de partida para crear.

Tratando de salir del academicismo artístico para incursionar en la pintura, intentando conseguir con esto manifestaciones artísticas menos contaminadas por los convencionalismos teóricos, el arte naif, cuyo precursor fue el francés Henri Rousseau (Laval 1844, París 1910), ha sido definido como aquel ‘arte ingenuo’ que practica una tesitura estética y estilística sencillas.

En Ecuador, donde el color y la forma juegan en sus paisajes, el naif ha tomado una fuerza que lo ha hecho casi una corriente en obras marcadas por un aire indigenista. En sus filas, nombres como Gonzalo Endara Crown, Salvador Bacón, Whitman Gualsaquí y el mismo Millingalli forman parte de un universo donde la abundancia de colores y símbolos son los que predominan.

Para Gualsaquí, quien trabaja diariamente en su estudio ubicado en la sala de su casa, el arte naif “forma parte de nuestra identidad”. “La variedad de colores es típica de nuestros pueblos, es por eso que el arte naif ecuatoriano está cargado de ellos (los colores)”, añade el artista que en marzo de este año expuso sus pinturas en la CCE.

Junto a él, Millingalli apunta que la característica del naif es que hace referencia a lo nuestro. “La exposición (‘Montaña de flores y bosques’) tiene por denominador común el de retratar la naturaleza que embellece a nuestra región”, comenta el artista que desde 1992 se ha dedicado a recorrer la sierra y costa del país.

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Es así que tanto Millingalli como Gualsaquí, al igual que Endara y Bacón, tienen como pilar de sus pinturas el juego exuberante del color y de las tradiciones populares de nuestro país. Tan solo basta echarle un vistazo a ‘Flor del sol’ (1989), de Endara Crown, para darse cuenta que el naif ecuatoriano mantiene una estética que no ha cambiado con el paso de los años.

Al respecto, para la artista Dayuma Guayasamín, quien enfáticamente afirma que su arte es costumbrista, el naif es una tendencia en la que se encuentra todo aquel que ingresa por primera vez en las artes. “A mis 16 años, cuando hice mi primera exposición, yo era naif sin lugar a dudas. No tenía idea de lo que era el material; era una cuestión mágica: uno quería pintar”. Pero con el pasar de los años, según comenta, el arte deja de ser naif porque ya adquiere un cuerpo teórico, o al menos experimental, de técnicas, materiales y conceptos que se quieren representar. “Con los años ya se aprehende el uso del material y la forma en cómo plasmar las ideas sobre el lienzo. Es arte mucho más intelectual, uno sí aprende a dibujar”.

Otra de las variantes que mantienen unidos a los artistas del naif es una cierta distancia con las propuestas de la academia. Si bien algunos de los naifs ecuatorianos se han acercado a las aulas universitarias, como es el caso de Gualsaquí, ellos han preferido alejarse de las tendencias artísticas que se imparten en ellas para crear sus obras. “El arte naif es rico porque no llega a un tecnicismo”, dice Gualsaquí, que estudió Artes en la Universidad Central. Pero Millingalli, cuyo proceso artístico ha sido más autodidacta, apunta más bien hacia una panorámica clara de lo que es el naif: una suerte de colores y formas que adquieren sentido en el manejo de la idea que tiene el artista frente al lienzo.

Identidad, aunque fragmentada, pero identidad. Eso es lo que han mantenido presentes los artistas naif ecuatorianos. Identidad que se vislumbra en mujeres indígenas, en paisajes montañosos, colores vivos y formas alegres. También, una identidad que intenta mantener vivas tradiciones y colores, a veces inasibles, de un país en movimiento.

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