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Katya Romoleroux: ‘Las plantas nos enseñan a vivir sin prepotencia’

Katya Romoleroux, bióloga. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Katya Romoleroux ha dedicado la mayor parte de su carrera profesional a la investigación científica. Este trabajo le ha hecho merecedora de importantes reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional Eugenio Espejo, que recibió el año pasado.

Dedicó el Premio Eugenio Espejo a bosques y páramos.

Sí, dediqué el premio a estos ecosistemas porque creo que son importantes, no solo para las comunidades humanas que vivimos del agua que viene de los páramos y de los bosques, sino para todos. Hay plantas, árboles y animales que son parte de esta cadena trófica; sin ellos, a la larga los seres humanos vamos a desaparecer. Son ambientes que siempre me llamaron la atención desde que estaba en la universidad. Creo que en todos estos años de investigación he llegado a entender un poquito de esos ecosistemas, sobre todo el mundo de las plantas; cómo son, cómo se llaman y qué podemos hacer con ellas.

¿Cuál fue el primer páramo que visitó en sus años universitarios?

Han pasado muchos años de eso, pero uno de los primeros páramos que visité fueron los del Parque Nacional Cotopaxi. Recuerdo que mis profesores ya hablaban del efecto que tenían los pinos que se habían sembrado en la vegetación del lugar. Luego descubrí los bosques de polylepis y quedé fascinada. Es como si entraras a un lugar realmente encantado; yo solo esperaba que aparezcan los elfos. Siempre he sentido que estos bosques me llevan a otra realidad.

¿Por qué se decantó por estudiar Biología?

No fue una elección fácil, porque en mi casa me decían que con la biología solo iba a poder ser profesora. No sabía en qué campo quería especializarme, pero lo que sí tenía claro era que quería ser investigadora. Siempre me atrajeron las plantas; luego descubrí que me daban mucha paz.

El botánico Stefano Mancuso sostiene que las plantas son inteligentes. ¿Concuerda con él?

Las plantas tienen un lenguaje. El Internet de las plantas son sus sistemas de raíces. Hay un mundo inmenso debajo de las plantas en un bosque o un páramo que nosotros no vemos. Creo que las plantas sí son inteligentes. Tienen una inteligencia que quizás es mejor que la de muchos seres humanos, porque han podido adaptarse al mundo sin necesidad de dañarlo, como lo hacemos nosotros, que hemos demostrado que no sabemos cuidar el medioambiente.

Suzanne Simard, otra botánica, sostiene que el reino vegetal tiene una vida comunitaria no tan diferente a la humana.

Concuerdo con Simard. Las semillas de las plantas pueden estar latentes por años hasta cuando las condiciones sean mejores para que germinen. Esa vida comunitaria ha permitido que ciertas plantas desarrollen una serie de mecanismo para sobrevivir; por ejemplo los eucaliptos secan el suelo. Lo que hemos visto es que no existe la misma interacción en un bosque de plantas nativas y en otro de monocultivos.

Hablando de la importancia de las plantas nativas, Quito es una ciudad llena de palmeras.

Déjeme contarle que hay algunas palmeras que son nativas, pero la mayoría sí son introducidas. Las palmeras que están en la avenida 12 de Octubre, por ejemplo, sí son nativas. Las palmeras son increíbles, porque atraen un montón a las abejas, pero creo que deberíamos preocuparnos por tener menos árboles introducidos en la ciudad.

Están los bosques y los páramos y en Quito, también las quebradas.

Las quebradas están pobladas principalmente por plantas de clima seco, que ayudan a evitar la lixiviación y la erosión del suelo; es decir, ayudan a mantener a la quebrada como un ecosistema dinámico y sano. Las quebradas son un pulmón para los valles. Se deberían sembrar más cholanes, porque son árboles que atraen a los pájaros y a las abejas; también más jacarandás, que son hermanos del cholán.

Antes se hablaba mucho de las plantas aromáticas, ¿por qué eso se ha perdido?

Hay plantas aromáticas que vuelven a la mesa por temporadas; por ejemplo, el ishpingo que usamos para hacer la colada morada. También están el amaranto y otras que no son nativas, como la canela y la hierbaluisa, que se dan bien en el país. Yo estudié las moras; la que más se come es la especie de Castilla.

Siempre les cuento a mis estudiantes que cuando vinieron los españoles descubrieron esa mora, que es de aquí, pero como era tan rica dijeron que era de Castilla, porque según ellos acá no había nada bueno. Además de esta mora, hay otras 19 especies nativas y todas sirven para la alimentación.

En esencia, usted se dedica a clasificar plantas, ¿fuera de la botánica tiene este espíritu taxonómico?

Creo que trato de tener organizada mi vida. Pienso que uno puede funcionar mejor en un lugar organizado. Fuera de la profesión intento tener un entorno sistemático y dentro también, sobre todo, en el trabajo de investigación. Hacer investigación en el país es difícil, pero no imposible. También hay que tocar puertas afuera; no todas se abren, pero mi experiencia me ha demostrado que de diez, una al menos sí.

Tiene un hermano artista, ¿de niños o jóvenes no compartían ese interés?

No solo tengo un hermano que es artista sino también una prima, Pilar Bustos, que igual ganó un Premio Eugenio Espejo. Honestamente, quise dibujar las plantas de mi tesis y cuando le mostré los dibujos a mi tutor no le gustaron; así que le dije a mi hermano que me ayudara. Yo hice las partes que se veían en el microscopio.

¿Qué es lo más importante que ha aprendido de las plantas?

Lo más importante que he aprendido de las plantas es el respeto. Las plantas nos enseñan a vivir sin esa prepotencia que tenemos los humanos. Es cierto que hay plantas invasivas, pero siempre hay una razón para que estén invadiendo un territorio.

Trayectoria

Tiene un posdoctorado por la Universidad Ludwig Maximilians, de Múnich. Es docente en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, en la Escuela de Ciencias Biológicas. Dentro de la misma institución dirige el Laboratorio de Botánica Sistemática.

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