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Nuestros escritores y sus madres

El escritor Medardo Ángel Silva, conocido como 'El Niño Poeta'. Foto: bibliotecavirtual.fandom.com

Hay escritores que crecieron solos, que hicieron sus vidas sin el apoyo materno: valga el ejemplo de Pablo Palacio, que quedó huérfano de madre a edad temprana; otros tuvieron a sus madres, quienes no solo los impulsaron mientras crecieron en el ámbito familiar, sino que los acompañaron en el transcurso de sus vidas adultas; y hubo otras que los sobrevivieron y velaron por su memoria.

Me parece apropiado iniciar esta exposición con Dolores Veintimilla. En un breve escrito autobiográfico, la poeta quiteña registra que su crianza en familia fue la de una muchacha consentida y feliz, muy respetada por sus padres, hasta desposarse con Sixto Galindo; pero su rechazo frontal a la pena de muerte aplicada contra el indígena Tiburcio Lucero, acusado de parricidio, en una sociedad estratificada y patriarcal, la condenó al rechazo social y posiblemente la llevó al suicidio. Es evidente que tuvo una relación muy cercana con su madre hasta el final de sus días, y a ella dedicó sus últimos pensamientos, sin dejar de referirse a su hijo pequeño y a su ingrato cónyuge que la abandonó en Cuenca. A continuación reproduzco su nota de suicidio:

Mayo 23 de 1857.

Mamita adorada: perdón una y mil veces; no me llore; le envié mi retrato, bendígalo: la bendición de una madre alcanza hasta la eternidad. Cuide de mi hijo, dele un adiós al desgraciado Galindo. Me he suicidado. Su D.V.

Doña Rosario Gómez de la Torre, madre de Gonzalo Zaldumbide -huérfano de padre a sus 4 años-, fue descrita, en su Égloga trágica, de la siguiente manera: «Mi madre, esbelta y triste como un ciprés; noble figura afinada, extenuada de inteligencia y melancolía, que aumentaba con su silencio su soledad».

El extraordinario humanista y traductor Aurelio Espinosa Pólit, S.J., a la muerte de doña Cornelia (1953), su progenitora, señaló: «La madre sobrevivió para ver la íntegra cosecha, y el gozo de verla lograda convirtió su vida en un perpetuo Magnificat de acción de gracias». Aunque nuestro autor se refiere al hecho de que el gozo de su madre correspondía, según su educación católica, a la condición de que sus ocho hijos se hicieron sacerdotes y monjas, yo añadiría el hecho providencial de que ella respaldó con su patrimonio familiar la pasión de su hijo por su país, al invertir sus bienes en la adquisición de todo documento bibliográfico de nuestra cultura nacional que el sabio jesuita considerase valioso preservar, con lo que este llegó a conformar la más importante biblioteca de temas nacionales en nuestro país, la que actualmente lleva su nombre en Cotocollao.

Sabemos que Benjamín Carrión, huérfano de padre a temprana edad, tuvo una estrecha relación con su madre, doña Filomena Mora. Entre otras cosas ella le enseñó las primeras letras y la lengua francesa, muy útil en su quehacer intelectual. A su muerte, en septiembre de 1925, se destacan unas misivas de pésame que recibió de Pablo Palacio y sobre todo la de Gonzalo Escudero mientras desempeñaba el cargo de cónsul del Ecuador en El Havre (Francia); de este último son las siguientes líneas:

Quizás esta -que no te la envío enlutada- sea del color de la tribulación: ¡blanca, transparente, irreparable! No hubiera creído jamás que mi primera carta a ti, desde tu partida en esa mañana inflamada, sea para acompañarte, para descubrir contigo un aletazo de fatalidad. Tu madre ha muerto. Te franqueo mi silencio, para que lo oigas.

Nuestras madres, por lo general, han marcado los primeros años de nuestras vidas al orientarnos, para bien o para mal, a lo que seremos en el futuro.

Dentro de este breve repaso sobre la condición de ser madre mencionaré a dos progenitoras que sobrevivieron a sus hijos: doña Mariana Rodas, que falleció en 1942, madre de Medardo Ángel Silva, y doña Emma Lara, que vivió hasta 1964, tras la muerte de su hijo Joaquín Gallegos Lara; pero ello no impidió que ambas valorasen los talentos de sus hijos e hicieran lo posible por perpetuar su memoria para el bien de nuestra nación.

Medardo Ángel Silva se afanó en difundir su obra no solo en nuestro país sino también en el extranjero, para lo cual insinuó a su colega radicado en París, Gonzalo Zaldumbide, que le gustaría hacer una edición de su poesía en Francia; a su muerte, su madre, doña Mariana Rodas, logró ese objetivo, y de tal esfuerzo se conservan dos cartas al quiteño; reproduzco a continuación un párrafo:

Saludo a usted con la atención y respeto que su alta personalidad merece y me honro al dirigirme a usted, para manifestarle mi gratitud por tantas finezas; pues en su carta del 10 de junio me pone al corriente de las dificultades con que tropezó para la publicación de la pequeña obrita que se propone hacer editar, la cual tendrá el gran mérito de ser arreglada y prologada por usted; además, se evitará que dichas composiciones circulen en folletos que venden ciertos especuladores, uno de los cuales tuvo el cinismo de dirigirse a una poetisa para que le hiciera el prólogo de un libro que se proponía hacer de todos los versos publicados. Dicha señora le increpó su mala acción, a lo que contestó que cualquiera podría hacerlo, porque ya no tenía la propiedad literaria, y que la obra de Silva no se haría nunca. Este sujeto no se imaginó que mi hijo Medardo tenía un alma hermana tan lejos y yo un factor poderoso que colmara mis aspiraciones sin conocerme personalmente.

Los versos siguientes provienen del poema Lo tardío, dedicado a su madre; los tomamos de la mencionada edición consagratoria del poeta en el extranjero (‘Poesías escogidas’. París, Editorial Excelsior, 1926):

Madre: la vida enferma y triste que me has dado
no vale los dolores que te ha costado;
no vale tu sufrir intenso, madre mía,
este brote de llanto y de melancolía.
¡Ay! ¿Por qué no expiró el fruto de tu amor,
así como agonizan tantos frutos en flor?

Jorge Carrera Andrade recuerda, en el capítulo de su autobiografía ‘El volcán y el colibrí’ (1970) dedicado a su infancia, a su madre, doña Carmen Baca Andrade: “En ocasiones, cuando el cielo se pintaba con los colores desvaídos del atardecer, ya casi en el umbral de la noche, mi madre, sentada en el corredor de la quinta, contemplando el horizonte soledoso, pulsaba la guitarra, acompañando con su música las palabras de una canción estremecida de nostalgia”.
A la muerte de Joaquín Gallegos Lara su madre, doña Emma Lara, cumplió su deseo póstumo de entregar un ejemplar de su novela a Benjamín Carrión:

Guayaquil. 20 de marzo de 1948.

Después de cuatro meses de haber bajado a la tumba mi adorado hijo Joaquín, revisando su archivo, he encontrado entre sus papeles ‘Las cruces sobre el agua’ [1946], en paquete listo para enviárselo a usted; que, seguramente por lo inesperado de su muerte, no pudo enviárselo.

Muchas son las obras que deja mi adorado hijo inéditas: ‘Biografía de Rumiñahui’, una colección de cuentos y relatos, algunos poemas. Junto a esto una Biografía del indio dedicada a usted. He pensado en editarla en folleto exclusivo, y que usted, que fue su amigo, que lo trató y supo todo el valor humano y literario que tenía mi hijo, escribiese el prólogo de esta Biografía. Es al amigo, y al más grande valor de las letras ecuatorianas, que la madre de Joaquín Gallegos le ruega escribirlo.

Era mi hijo lo único que tenía en la vida. Ahora que él se ha ausentado, no me queda otra cosa que amar sus recuerdos.

Acepte un cálido apretón de manos, junto con los agradecimientos de una inconsolable madre.

César Dávila Andrade, en su ‘Carta a la madre’ (1947), dedica a doña Elisa Andrade estos sentidos versos:

Dime sinceramente qué piensas de este hijo.
Te salió tan extraño […].
Ahora te amo en todas las mujeres, te amo en todas las madres, te amo en todas las lágrimas.

En este breve recorrido por los nombres de algunos de nuestros autores y sus madres vemos que estas fueron determinantes. ¡Valerosas mujeres!, con nombres apenas conocidos, que representan el anonimato de la maternidad pero que, quizás sin preten­derlo, contribuyeron a configurar aspectos esenciales de nuestra cultura.

* Miembro correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la lengua.

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