Me robaron el cerebro

No, no me he contagiado del virus correísta que hizo perder la cabeza a demasiados quiteños durante varios años y que sigue causando estragos como lo demostraron las elecciones del domingo, tan pintorescas con su Gran Ausente 2.0 y su Maestro Juanito 2.0; con un general desvencijado por las glorias del pasado y ese joven de laboratorio versión 5D que evidenció el mal olfato político de Lasso; con el justiciero Montúfar, quien hizo una buena campaña pero es incapaz de aglutinar a la vapuleada clase media; y Pabón metiéndose por las tranqueras.

Literalmente, mi título informa que a plena luz del día me robaron el cerebro del auto que había estacionado a media cuadra de la González Suárez. No me esperaba algo así porque es un modelo simple, anterior al festín correísta que inundó la ciudad con 4 x 4 de alta gama y oscura procedencia, cuyos cerebros son muchísimo más valiosos pues conocieron el tejemaneje de los revolucionarios.

Inspeccionaba los daños cuando mi vecino, Alberto Acosta, admirador histórico de Velasco Ibarra, se detuvo a preguntar qué pasó. “Si nunca has tenido cerebro”, bromeó cuando le conté. Pero no le dije que pensaba escribir que el 30 de marzo, hoy, se cumplen 40 años de la última muerte de Velasco Ibarra, el caudillo hierático que resucitó cuatro veces, y que quería cotejarlo con la supuesta resurrección de Correa, pero los choros de la calle me obligaron a recordar que hace 40 años robaban plumas y tapacubos; luego arrasaron con los cerebros; de allí empezaron a cargarse los autos y las refinerías y los préstamos chinos; ahora han vuelto a los cerebros y terminaremos otra vez con las plumas. Dime qué roban y te diré cómo anda la economía del país, sentencié.

Ya en la grúa rumbo a la mecánica, pedí al chófer, un joven fornido y acelerado, que bajara el volumen del radio y le pregunté por quién había votado. “Creo que por Yunda”, respondió literalmente. Ya había ganado pero aún tenía recelo de confesar su voto a un cliente molesto. Supongo que antes del domingo habría respondido, como tantos, “no sé todavía”, aunque siempre lo supo pues es fan de radio Canela y el Loro Homero le habló al oído durante años. Es el voto vergonzante que marea a los encuestadores.

Al día siguiente me apersoné, por primera vez en mi vida, en la Fiscalía. ¿Qué viene a denunciar? Pensé decir: “Un robo de 35 000 millones de dólares”, pero recordé que estaba en un bastión correísta. Ojalá Diana Salazar venga a poner orden y le dé un entierro de lujo al resucitado mientras yo vuelvo a Velasco Ibarra, que a estas alturas no tiene todavía una biografía bien hecha: la de Robert sNorris, que LibriMundi publicó en 2004, valiosa y rigurosa en su documentación, es incompleta y algo parcializada. Continúan apareciendo ensayos sobre el populismo y buenas novelas sobre su vida, pero la gran biografía sigue en veremos.

pcuvi@elcomercio.org

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