Óscar Collazos

Los ricos pobres

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Sábado 20 de agosto 2011
20 de August de 2011 00:01

Cinco muertos y 3 000 heridos fue el primer balance de los violentos desórdenes vividos hace dos semanas en el Reino Unido. Más de 1 300 detenidos. Según El País de Madrid, 16 000 agentes vigilaban Londres en la noche del 9 de agosto, mientras el miedo se apoderaba de la población. Un miedo sin nada que ver con el miedo al terrorismo.

Ante la violencia de los disturbios, el primer ministro, David Cameron, habló de "un problema moral". Su diagnóstico no explica la arremetida de los jóvenes, muchos de ellos menores de edad, contra todo aquello que pudiera ser destruido. Esos jóvenes no están bien. Hacen parte de una población que vive en "las nuevas bolsas de pobreza de la economía". Están tan mal, que no eligen ni siquiera un objetivo calificado o estratégico para la violencia: arremeten contra todo. Por ejemplo, contra un voluntarioso jubilado de 68 años que trataba de apagar el fuego de uno de los tantos incendios.

Las explicaciones abstractas de los gobernantes (las de Cameron, sin ir más lejos) me recuerdan la que, en mayo de 1968, ante una revuelta de marcado signo político y poético (la ilusión lítica de cambiar el mundo), dio el ministro de Cultura del general De Gaulle. Malraux habló entonces de "crisis de civilización". La expresión retórica, explicable en un retórico deslumbrante como Malraux, tampoco explicaba nada, pues esa "crisis" sería reemplazada en la década siguiente por el apogeo y esplendor del mercado que, a su vez, asistió el parto de la más reciente crisis.

Las revueltas de entonces las protagonizaron jóvenes beneficiarios de la "sociedad de consumo", detractores de comunismo y capitalismo. Los disturbios de ahora lo protagonizan las víctimas de un modelo que no alcanzó para el consumo de todos y, en cambio, impone la obscenidad de la riqueza como una afrenta para los excluidos. Algo anda mal, el libro de Tony Judt ofrece algunas explicaciones de carácter social y económico: el hundimiento del Estado del bienestar dejó en su caída más desamparados y excluidos de lo que puedan dar cuenta las estadísticas. Hace más de dos décadas, el primer mundo engendró y alimentó su propio tercer mundo. A diferencia de las revueltas de inmigrantes y de hijos de inmigrantes asiáticos y africanos producidas hace unos años en París y Londres, las de ahora no son revueltas sociales sino expresiones instintivas sin razón de ser colectiva.

El primer error fue pensar que se trataba de un coletazo de los "indignados". Cameron encontró otra explicación: "Nos enfrentamos a algo completamente nuevo, pero que es un problema persistente". ¿Completamente nuevo? No creo. "Persistente", sí. Es algo que lleva años gestándose, un malestar destructivo que no se resuelve con una nueva reforma moral.