Marco Antonio Rodríguez

Perugachy

“¿Dónde situar, hoy, un discurso plástico barroco sino en el espacio dialectal, a la vez lateral y abierto de América?” Se inquiere y absuelve Severo Sarduy en su ensayo sobre el barroco. Así es, borde y denegación, desplazamiento y ruina de la superficie renaciente española, éxodo, trasplante y fin de un lenguaje, de un saber. Tenía que ser en nuestra América donde reverdeciera el barroco.

Jorge Perugachy (Otavalo, 1954) se ha erigido en Ecuador como el representante del barroco, pero también de lo que nombro ‘andinismo’. Perugachy es un ser solitario y sensitivo, controvertido y fogoso, obsesivo en su oficio. En el espíritu de este artista pintor trepidan desamparos y carencias de su infancia y adolescencia, pero, desde las ultimidades de su ser, surten en abundancia amor, ternura, fe: ¿su creación plástica no es tramada por estos elementos?

La obra de Perugachy es auténtica porque está habitada por nuestras raigalidades. Vivencia inviolable. Verdad y fascinación. Arte figurativo, exonerado de postizajes y cartelismos. Pasión y testimonio. Horizonte. Portillo de luz para nuestro destino histórico inmediato. Rigurosamente plástico, Perugachy se rehúnde en la entraña popular y extrae de él sus esencias sagradas. Mírense sus series Mujeres andinas, Vírgenes del sol o Ausencia: barroquismo andino.

Hay un punto de inflexión en la obra de Perugachy. Como para exorcizarse de Mujeres de la noche –el título explicita su contenido– inaugura Mujeres andinas. “Lo bello es todo lo inteligible sin reflexión”, pensaba André Maurois. Intensamente bellas, las Mujeres andinas de este artista destellan magia, luminosidad, soledumbre. Orfandad y vacío. La luz que inaugura Perugachy en su obra es única. Ruralismo (ambientes y personajes) que jamás decae en el folclore o el pastiche. Mujeres madres del viento.

Epifanía (aparición del pasado y conjunción con el presente), himno o glorificación de la mujer andina, esta serie de Perugachy fue el anuncio de otras series soberbias. Mujeres andinas: criaturas desgajadas de su paraíso perdido. Vuelos imaginativos que coadunan la imaginería colonial con reminiscencias bíblicas y otras propias de sus orígenes indígenas. Apología de un tiempo inmemorial; amalgama de sapiencia y paciencia (el genio es una larga paciencia, decía Buffon).

Ausencia: los colores balbucean despedidas, el fuego que congregaba y unía se sofoca y desvanece. Los pobladores de Otavalo fueron los primeros en migrar de nuestros lares. Vuelo y aventura. Nos vamos para no volver o para jamás volver nosotros mismos.

Y sus Vírgenes del sol. Glorificación de aquellas caballeresas que desbrozaron el camino del Inca envolviéndolo en un manto alado. Vírgenes tutelares. Suntuosidad y gracia. Ceremoniales secretos traspasados de luz. Un pasado redivivo en un prontuario de rostros tocados por la galanura de un arte señero. Luz que encandila y seduce. Perugachy: el artista que ha llevado su barroquismo andino por el mundo.