Óscar Vela Descalzo

Esta pasión

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Domingo 29 de noviembre 2020

Para mucha gente a la que no le gusta el fútbol o le tiene sin cuidado lo que provoca un balón rodando en una cancha, no tendrá sentido lo que voy a decir. Tal vez los aficionados de este deporte, y en especial los fanáticos como yo, podríamos encontrar alguna explicación a todo esto, aunque me temo que nunca lograremos expresar con palabras lo que es esta pasión.

El genial jugador que fue Maradona, en mi opinión el mejor de todos los tiempos, murió en realidad hace más de veinte años cuando pisó por última vez una cancha vestido con la camiseta número diez, la que siempre fue suya. Desde entonces, extinguidas las luces del fútbol, su vida personal y sus sombras no me interesaron para nada.

Nunca pensé que una muerte largamente anunciada me produciría una tristeza tan grande. Y es que soy parte de una generación que vio, disfrutó y vivió a Maradona en lo mejor y lo peor de su carrera, y con su partida, de algún modo, me reconcilié con el pasado. Muerto el hombre, nos queda su esencia, el futbolista. Solo así puedo justificar esta nostalgia.

Tras el gigantesco despliegue de todos los medios del mundo sobre la muerte de Maradona y, sobre todo, tras las muestras de cariño y fervor que le han manifestado incluso sus rivales más duros, como los ingleses, que sufrieron el gol de la mano de Dios, o los italianos, que lo padecieron y odiaron en su propio mundial, me atrevo a confirmar que es el jugador de mayor trascendencia en la historia.

Para muestra solo basta ver y escuchar a los niños y jóvenes de todo el mundo, que ni siquiera habían nacido cuando él se retiró como jugador, antes entusiasmados con la vida y hoy conmovidos por la muerte de aquel personaje que hacía malabares con la pelota, el gordo bajito de la magia inextinguible y de los goles imposibles al que solo conocieron a través de grabaciones, documentales y relatos de su época.

No recuerdo haber visto jamás en el mundo del fútbol una pasión e idolatría más grande que la profesada hacia Maradona. No recuerdo haber visto nunca a los rivales abrazados y llorando juntos, o a sus adversarios históricos usando la camiseta de Argentina con el diez en la espalda.

Además de su calidad y de sus glorias, la leyenda se hizo todavía más grande porque en la cancha encarnó siempre al humilde que era capaz de surgir desde abajo para vencer al poderoso, pero también porque era un luchador incansable, un valiente al que molían a patadas, un tipo orgulloso y soberbio que inflaba el pecho y no se dejaba amedrentar por nadie, un líder con voz y mando, y, por supuesto, era un mago que nunca dejaba de sorprender al público. Si hablamos de fútbol, toda la vida me quedo con él como jugador y capitán. Por desgracia, en las sombras, Maradona decidió ser villano y también fue el mejor.

Al final, después de haber visto una vez más sus fintas, sus goles, sus caídas, y luego levantarse para hacer más gambetas y caños, me resigno a no poder explicarles con palabras lo que es esta pasión.