Óscar Vela Descalzo

Refundar la patria

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Domingo 22 de noviembre 2020

En las endebles democracias latinoamericanas, la institucionalidad está constantemente amenazada por el populismo mesiánico que ha surgido una y otra vez, desastre tras desastre, con aquella promesa falaz, repetida hasta el hartazgo, de refundar la patria.

Las ofertas de esta lacra populista, casi siempre absurdas, insólitas o imposibles, suelen pasar de manera inevitable por un presunto cambio que en el fondo no cambiará nada, pero que en la forma permitirá concentrar en una sola persona el poder absoluto, que, entre otras ventajas, neutralizará o anulará a sus contradictores y enemigos, y garantizará la impunidad propia, la de sus colaboradores y compinches.

De este modo, las ideas, por descabelladas o estúpidas que sean, nacen con una pátina de legitimidad y renovación tremendamente atractivas para los votantes. Por ejemplo, hablar en campaña electoral de una asamblea constituyente, aunque se trate del enésimo intento de renacimiento de una nación, resulta tan lúbrico y apetitoso que muchos noveleros se suman a la propuesta sin tener la más remota idea del monstruo que puede surgir de aquel pandemónium. Por si alguien no lo recuerda y se ha entusiasmado con este nuevo desaguisado, quizás vale la pena recordar Montecristi y lo que salió de allí, que ni fue fundacional ni constituyente ni estaba llamada a durar trescientos años, y que más bien consagró el hiperpresidencialismo y sus abusos durante la década saqueada.

Eso sí, cuando se trata de arrasar o exterminar nadie lo hace mejor que un caudillo populista. Los ejemplos sobran en Latinoamérica con Venezuela a la cabeza, uno de los países más ricos del planeta hoy azotado por la miseria y el hambre, con la mayor inflación, los salarios más bajos y la criminalidad más elevada del mundo. Y ahí cerca va Argentina, otra potencia económica del siglo pasado, también afectada por una inflación galopante y un empobrecimiento general incontenible. Y, curiosamente, sin irnos más lejos, por acá un admirador de esos regímenes pretendería emularlos eliminando la dolarización, que además de mantener el poder adquisitivo de la gente y haber sido un dique ante la crisis económica, es más popular que cualquiera de los líderes y políticos de los últimos años.

La historia del populismo mesiánico ha sido genérica y repetitiva: remarcar, enervar e incluso inventar o reescribir los errores del pasado; crear enemigos que sean responsables de todos los males verdaderos o falsos; autonombrarse redentor y líder histórico de la nueva nación; asegurar a unos el paraíso y a otros el infierno; llegar al poder sin un centavo para convertirse en potentado a la vuelta de la esquina; y, al final, más tarde o más temprano, terminar preso, enjuiciado o prófugo con todo el botín del Olimpo encaletado o cifrado en la guarida ratonil del más avispado de sus panas.

Y es que refundar la patria no es sino arrasar con todo para levantar a continuación la misma estructura a la medida del nuevo tirano.