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Viernes 05 de agosto 2011
5 de August de 2011 00:01

El humor quiteño descubre algún aspecto cómico en las situaciones más dramáticas para, de este modo, “riendo para no llorar” como dice la canción, apartarse de las calamidades y sobrevivir en la adversidad. La última de nuestras calamidades es el inverosímil fallo del juez Paredes que condena a la cárcel a un periodista y a 3 directivos de un diario, al primero por expresar una opinión y a los otros como “autores coadyuvantes” por hacer posible que se publique esa opinión. La indemnización ordenada alcanza USD 40 millones .

En Quito circula por correo electrónico una broma, seguramente reciclada, que parodia el desarrollo de la audiencia reservada organizada por el juez en dicho caso. Dice que el Juez habría dictaminado: -Después de haber estudiado exhaustivamente el proceso de 5 000 fojas, por más de tres horas seguidas, le concedo al demandante una compensación por daño moral de USD 40 millones. ¿Tiene algo que decir el acusado? El acusado contesta: -Sí, señor juez, que es usted muy generoso y que yo también podría contribuir con algo.

La estrategia de morigerar el efecto de los sucesos que causan sufrimiento nos torna impávidos. Desde hace más de cuatro años hemos visto pasar una procesión de calamidades políticas, económicas y sociales que hubiéramos creído inaceptables para el pueblo y, sin embargo, ocurrieron sin que hubiese reacciones de alguna importancia. ¿Qué nos ha hecho tan tolerantes? Se dan muchas respuestas pero ninguna satisfactoria, quizá todas juntas nos acercan a la respuesta correcta. Estábamos ansiosos por castigar a los responsables de la penuria nacional, queríamos destruir todo lo que funcionaba mal y funcionaba mal casi todo, la erosión de los valores y la mala educación rindieron frutos, la impunidad y la corrupción desprestigiaron al aparato judicial… y la cuadrilla de demolición llegó junto con la bonanza económica de los precios del petróleo.

Mientras la oposición se encuentra perpleja, del mismo movimiento revolucionario surge la exigencia dramática de un cambio. La cuadrilla de demolición ha empezado a descomponerse, dividirse, reducirse y confundirse. Desde adentro se denuncia que hay “maquiavelos de cantina, traidores, charlatanes, presidentes de repúblicas imaginarias, representantes de poderes fantasmales, conspiradores de escritorio, ambiciosos, intermediarios de la farsa”. Crítica mordaz que proviene, no de los desafiliados ni los expulsados, sino de uno de los aspirantes a dirigir la Asamblea Nacional porque el proyecto revolucionario “flota a merced de la política ficción, cultivando mezquindades, reciclando figuras, buscando a quien culpar y buscando a quien engullir, a quien vejar, gargantas que ahorcar”. El diagnóstico final dice que no se trata de un conflicto interno sino de un naufragio.