Grace Jaramillo

Mujeres y conciencias

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Domingo 10 de marzo 2019

Rahaf Mohammed es una chica de apenas 19 años que decidió huir de Arabia Saudita, pero sobre todo de la imposición de un sistema religioso estrictamente patriarcal que no la iba a dejar siquiera escoger a la persona con la cual quería casarse, ni estudiar, ni siquiera vestirse como quisiera. Un día desapareció de casa rumbo al aeropuerto, con un pasaporte falso y llegó hasta Tailandia donde se atrincheró en un hotel de Bangkok hasta que algún delegado de la Comisión de Refugiados de la ONU llegue a buscarla. No era la primera vez que pasaba. Dos hermanas habían tratado de huir de la misma manera, con destino Hong Kong, pero el gobierno chino decidió devolverlas sin mayor trámite. Rahaf se salvó de ser regresada y presumiblemente casada contra su voluntad gracias a una feliz conjunción de coincidencias en política internacional:

Tailandia tiene un impasse diplomático con Arabia Saudita desde hace más de una década por un robo de joyas en la casa real de Riad, en la que estuvo involucrada una red tailandesa. Y Canadá quería probar sobre terreno su política internacional feminista y tramitó en tiempo record el asilo. Apenas llego a Toronto, Rahaf, usando pantalones y su cabello suelto declaró que abandonada la religión que la había oprimido por tanto tiempo. Por cada mujer como Rahaf que se salva, miles perecen o peor aún son condenadas a ser esclavas sexuales de por vida.

Cuento esto para que recordemos nuestro sitio de privilegio todas quienes podemos vivir una vida de libertad, sin restricciones que terminan no sólo anulando sueños y aspiraciones, sino también la existencia de muchas mujeres. Entenderlo debe ser el primer principio de líderes políticas y sociales que enfrentan frecuentes críticas de todos los tintes y colores en organizaciones públicas y privadas altamente jerárquicas. Por supuesto que es así. Siempre lo ha sido. Pero parte de generar un liderazgo diferente es aprender a ser fuertes y firmes frente a las dificultades y concentrarse en defender a todas las personas con las peores condiciones de opresión y sufrimiento. Y en el tema hay mucho por hacer.

Ecuador todavía tiene una deuda con miles de niñas, adolescentes y mujeres que son doblemente agredidas y castigadas si optan por acceder a un aborto en caso de ser violadas. Ni hablar del derecho a escoger libremente cuándo y cuántos hijos tener. El resto de América Latina sigue en deuda, con excepción de México, Uruguay y Colombia. El derecho a elegir debió haber estado hace décadas consagrado en todos los países que dicen ser republicanos y liberales en este continente, pero no es así. Por grande que sea el movimiento de mujeres pro-derechos, siempre se queda corto contra el increíble poder de las iglesias católica y evangélica que al parecer prefieren pastorear sistemas legales, en lugar de conciencias. Difícil escoger con claridad cuando se lucha contra sermones semanales y condenas a priori de vidas y destinos supraterrenales.