Diego Araujo Sánchez

Maltrato e indiferencia

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Martes 17 de diciembre 2019

Desde inicio de la república, la lucha política en el Ecuador se ha desarrollado con extrema violencia. El canibalismo en ella es hábito que viene de lejos. No es una novedad que el poder convierta a los opositores en enemigos y, por tanto, busque exterminarlos en sentido metafórico y, en algunos casos, hasta literal. La concepción de la política como una guerra sin tregua aparece muy temprano.

Sin embargo, ya en nuestro tiempo, el país ganó la fama de una isla de paz. No haber pasado por la violencia terrorista de los países vecinos apuntaló esa fama; pero también el trato afable, las buenas maneras, el carácter pacífico como tónica media de la conducta social.

No obstante, aquellas características se van perdiendo. Tal vez las ciudades pequeñas ayudaban al cultivo de la cortesía, el talante amable, las buenas maneras. Con el desarrollo urbano se fue extinguiendo la noción de vecindad y la cordial cercanía que en el barrio se imponía en las relaciones entre sus habitantes. En los edificios multifamiliares, estas son impersonales y distantes. No pocas veces ni se conocen ni se dirigen la palabra, ni se encuentran en el espacio común quienes viven en un departamento y piso con los que viven en los otros del mismo edificio.

No se trata de exaltar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino solo de observar cómo van ganando terreno las conductas ásperas, el carácter violento y descortés en el trato cotidiano.

Parte de la responsabilidad de ese cambio radica en el pobre sistema educativo, con tan poca preocupación por desarrollar valores de solidaridad, empatía y convivencia ciudadana. Se impone, por el contrario, la tendencia masificadora e individualista que conviene a los valores del mercado. Pesan también, para acelerar el cambio, los modelos de comportamiento que se difunden a través de los medios de comunicación y las redes sociales en tiempos de globalización.

La década pasada agudizó desde el gobierno no solo la división social, sino el trato hostil y áspero. En las sabatinas se lanzaban improperios, burlas e insultos a múltiples personas y grupos: periodistas, diplomáticos, banqueros, estudiantes, líderes sindicales, luchadores sociales, feministas, entre otros, fueron blanco de calificativos burlones y expresiones agresivas.

¿Será por ese hábito del maltrato que, en medio de las manifestaciones de octubre, un dirigente indígena como Jaime Vargas trató con los términos más soeces al presidente de la República o llamó a los militares a retirar su apoyo al gobierno, es decir a desestabilizar la democracia, o que tanto él como Leonidas Iza se quieran lavar las manos por la retención de periodistas y policías o por los destrozos y vandalismo de esos días y todo ello sea soportado con indiferencia, disimulo o silencio?

daraujo@elcomercio.org