Carlos Jaramillo

Inseguridad galopante

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Sábado 20 de agosto 2011
20 de August de 2011 00:01

No hay visos de solución, en otras palabras de que disminuya la inseguridad galopante que soporta el país, especialmente las ciudades de Quito y Guayaquil. La acción de la delincuencia avanza incontenible en las urbes y en el campo, frente a la indefensión de la ciudadanía.

La situación es cada vez más alarmante y, sin embargo, algunas autoridades gubernamentales y de la Policía se empecinan en que sus estadísticas demuestran lo contrario, esto es que disminuye tan tremendo azote.

El Ministro del Interior afirmó, hace pocos días, que es tan solo la maledicencia de la oposición. Eso es como querer tapar el sol con un dedo.

Lo que sucede es que un alto porcentaje de víctimas prefiere no presentar denuncia en las dependencias correspondientes, porque sabe que es perder el tiempo, por las razones ya conocidas, pero la prensa informa objetivamente, sin afán de causar daño a nadie, de los asesinatos, robos, violaciones, etc., que se cometen cada vez con más astucia y temeridad. Lo que busca la prensa seria es advertir del peligro existente, para que la gente tome precauciones.

Es plausible la participación del Ejército, en coordinación y en respaldo de la Policía en la lucha contra la delincuencia, pero ya se ha comprobado que no es muy acertada su actuación aislada, ya que su personal está eficientemente preparado para la guerra y no para el control del elemento civil. Por ejemplo, su presencia, con tanques incluidos, en la Isla Trinitaria, catalogada como guarida de maleantes, constituyó una demostración de poderío y nada más. Los malhechores deben haberse puesto a buen recaudo ese día y seguramente deben haber salido con más bríos al día siguiente, para cometer sus fechorías en el Puerto Principal y recuperar el tiempo perdido. Así mismo, ya evidenció antes la Fuerza Terrestre su estilo, cuando destruyó con explosivos la maquinaria de los mineros, para frenar su trabajo clandestino.

Lo que se requiere es una acción enérgica y permanente, conjunta con la Policía, que está capacitada para la lucha contra el hampa, aunque, por ahora, el balance de su labor, deja que desear.

Simultáneamente con esta difícil tarea deben analizarse y enfrentarse las causas de la delincuencia, tales como la pobreza, el desempleo, la drogadicción, la ociosidad y el afán de obtener dinero pronto y fácil, la corrupción, la proliferación de las bandas juveniles, el libre ingreso de extranjeros con pasado turbio, la complicidad de ciertos jueces y policías, etc.

Ya se ha dicho en forma reiterada que este problema, uno de los más graves del país, merece atención prioritaria y efectiva del Gobierno y de los diversos organismos que tienen injerencia en una u otra forma. Y, desde luego, es vital la colaboración decidida de la ciudadanía, sin miramiento alguno.