Abelardo Pachano

Inquietudes nacionales

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Sábado 27 de agosto 2011
27 de August de 2011 00:01

1. ¿El desenlace de la crisis en Libia puede hacer que baje el precio del petróleo?

Puede ocurrir, pero no como consecuencia de un cambio real en el mercado sino producto de reacciones emocionales sobre las disponibilidades futuras de una oferta superior. De darse, será de corta duración.

En un horizonte superior, la reincorporación de la producción libia al mercado va a depender primero de la consolidación de un gobierno transitorio. Segundo, del control de las áreas de producción y transporte por parte de las nuevas autoridades. Tercero, de la capacidad de reparación de los daños ocasionados en los campos petroleros y del tiempo necesario para hacerlo. Cuarto, del respeto de los contratos que estuvieron vigentes y de la aceptación por parte de las empresas petroleras de realizar las inversiones pertinentes.

Sólo ahí se podrá apreciar la posible dimensión del impacto en el mercado conociendo que la producción histórica de Libia llegó a 1,6 millones de barriles por día y el consumo mundial está alrededor de los 82 millones de barriles.

2. Una eventual baja del precio del crudo, ¿cuánto afectaría al Ecuador?

En términos de exportación, cada dólar de variación del precio del barril de petróleo produce un impacto de USD 123 millones. El Gobierno estima que el precio promedio del petróleo en este año será de 90 dólares el barril. Con estas cifras, el total de exportaciones de hidrocarburos, que incluye derivados, llegarán a 12 000 millones de dólares, significando el 59% del total de productos vendidos al exterior.

Desde el punto de vista fiscal, el impacto total es de USD 60 millones por cada dólar de variación del precio del barril.

3. Los analistas consideran que el mercado bursátil mundial todavía se mantendrá nervioso, inestable. ¿Qué incidencias tiene?

La volatilidad genera cambios de conducta en las decisiones financieras. Cuando es alta, como ocurre en estos días, induce al mantenimiento de niveles superiores de liquidez y la búsqueda de instrumentos seguros de inversión que se conviertan en paraguas de la incertidumbre.

Los mercados se vuelven menos predecibles y obviamente los márgenes de riesgo aumentan alterando la composición y dirección de los flujos de capital. Sufren aquellos emisores sobre los cuales no hay niveles de confianza adecuados porque existen elementos que perturban la evaluación del riesgo.

La preferencia por liquidez contrae la inversión, afecta por lo tanto a la producción y eleva el diferencial entre la capacidad potencial de producción y la real. Con ello contribuye a una expansión económica limitada y menor a la posible e impide la solución del desempleo.

Esta volatilidad tiene sus causas y la solución recae precisamente en la corrección de los desequilibrios macroeconómicos que han afectado los mercados financieros. Por ello los gobiernos están constreñidos a romper esas expectativas con políticas que ataquen precisamente esas motivaciones.

El mantenimiento de mercados monetarios y de capitales alterados puede derivar en una crisis de confianza que ponga a los sistemas financieros en condiciones muy delicadas de viabilidad. De ahí la necesidad de romper ese proceso para lo cual medidas monetarias y fiscales son indispensables tomarlas.

Toda economía tiene su termómetro. En unas es el tipo de cambio, en otras la tasa de interés, pero con la globalización e integración financiera los mercados de capitales y las operaciones monetarias se han convertido en los medidores de la consistencia de las políticas económicas. Hoy la confianza se vende con hechos. Sin ella no es posible construir una sociedad de bienestar.

4. La crisis de la deuda de EE.UU., ¿en cuánto y por qué razones podría afectar al Ecuador?

No sé si se pueda calificar de esta forma al problema que enfrenta la economía norteamericana. Es verdad que la discusión sobre el aumento de tope al endeudamiento público demostró la existencia de una brecha conceptual entre los dos partidos políticos de EE.UU., especialmente por la visión extrema del ala derecha de partido republicano conocido como Tea Party, cuyas tesis no permitían una solución concertada.

EE.UU. tiene un problema fiscal evidente cuya solución demandará muchos años de gestión. Cualquier intento de solución inmediata pondría en riesgo la frágil recuperación actual y enterraría de manera definitiva las posibilidades de reincorporación de trabajadores al mercado laboral.

Obviamente, si la economía americana tiene una nueva recesión, ahora derivada de una política fiscal contractiva, los efectos en el resto de la economía mundial se apreciarán de forma directa y múltiple. La demanda de productos básicos se debilitará y con ello habría una presión a la baja de los precios. De forma coetánea EE.UU. reducirá su consumo y con ello países como China tendrá que mirar como mantiene su dinamismo o si está condenada a crecer a un ritmo inferior, lo cual puede acelerar la contracción de los mercados mundiales. Es decir, el encadenamiento derivado de la globalización trabaja en los dos sentidos: expansión y retracción.

Concomitante con este tema existe la deuda pública de EE.UU., cuyo saldo neto actual representa el 70% del PIB y deberá incrementarse todavía durante un período no menor a cuatro o cinco años antes de declinar. Esta transición es la que tiene dificultades de entendimiento por parte de los agentes económicos y trae consigo precisamente incertidumbre y volatilidad.

A esto se agrega la problemática europea, en la cual el problema fiscal viene acompañado por realidades económicas diversas y una moneda común que condiciona de forma más severa la corrección del desajuste macroeconómico y pone un grado de dificultad mayor al tratamiento de las expectativas de los mercados financieros. Además, la realidad política contiene un sistema de solución de dificultades menos ágil que el norteamericano.

Europa también trae secuelas en el comercio mundial de tal forma que en esta ocasión hay una lamentable coincidencia, a la cual se junta Japón, de expectativas poco claras sobre la sostenibilidad del actual precario estado de recuperación de la economía mundial y una más alta percepción sobre la posibilidad de una nueva etapa de recesión, posiblemente menos dramática que la del 2008 pero ahora más extendida.