Marco Antonio Rodríguez

Galecio

Lo veo pequeño y frágil. Irascible, solitario, sin reposo ni alicientes, de bruces sobre su obra, trabajando febrilmente en su taller de la Villa Flora, suerte de oratorio construido con sus manos: Galo Galecio (Vinces, 1908-Quito, 1993), uno de los grandes grabadores latinoamericanos. Caracol llamaba a su taller y desde allí veía la ciudad con sus ojos de cazador deslumbrado y obsesivo por la historia, los seres humanos, el paisaje, las cosas. Olvidado de él mismo, desaliñado (¿le importó alguna vez su apariencia física?), vivió refundido en su arte.

Galecio incursionó en variadas técnicas, pero fue el grabado su razón de vida. El grabador no puede ser paciente. No reproduce. Le es menester crear todo, seccionar y alumbrar con pocos rasgos, trazar los planos, fundar la sustancia mediante la sola superposición de las perspectivas. Sabio y soberbio, incesante rastreador de la línea exacta, calor y color, y del movimiento adecuado, en la punta del buril de Galecio nacen al mismo tiempo conciencia y voluntad, sapiencia y hermosura. Seduce la urdimbre sórdida y asombrosa de cada día, emparentándola con la de nuestros ancestros.

Las civilizaciones precolombinas conocieron el arte del grabado, pero el grabado en madera y metal con buril, punzón y ácidos, vino con la Conquista. Europa y América han dado excepcionales grabadores, Galecio uno de ellos. La materia es la simiente del artista grabador, pero también su rival, paradoja extraña. Poeta de la mano, los ciclos de Galecio están urdidos por una asidua exploración de ensayos y acomodos de tramas y de técnicas innovadas por su genio.

Galecio aprovechó lo mejor del muralismo mexicano. Eludió la tiranía del didactismo y recargó el blanco y el negro de su grabado (además de genial caricaturista y artista gráfico como fue); su trasfondo orgánico y una luz juguetona mueven a sus personajes; su capacidad de síntesis, su maestría para arbitrar elementos y contrastes, carne y espíritu, paso y peso del devenir de nuestra sociedad, la naturaleza viva de la historia. ‘Las carboneras’, ‘Los aguadores’, ‘El último paso’, ‘Los niños’: tintas tupidas y crepitantes, líneas poderosas y sensuales, arte que respira energía.

Galecio es un artista universal porque, representando la realidad de nuestro país, su creación se encumbra desde su originalidad, y por lo que expresan las formas en cuya esencia discurre su histórico humor. No propone soluciones, como creen hacer algunos artistas gratificados, extrae señales de nuestra identidad y de la condición humana y le basta. Biógrafo de nuestra realidad social, dejó piezas memorables. ‘El entierro de la niña negra’ alberga no solo la muerte, sino también la vida que fue. Flautas, violines, cornetas acompañan a la novia difunta, seguida por un cortejo de sueños inconclusos que conminan a seguir nuestro tránsito. Líneas poderosas que rezuman luz, plenas de vitalismo, arte que respira vida.

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