Arturo Moscoso Moreno

Diego Armando

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Viernes 27 de noviembre 2020

Mi intención era escribir sobre el sainete que fue el juicio político a María Paula Romo. Causales que no correspondían, acusaciones pobremente elaboradas y unos asambleístas dispuestos a cobrar venganza y/o a obtener réditos políticos a como de lugar, aunque sea haciendo el ridículo, mientras dejaban bajo la alfombra temas más incómodos, como el supuesto reparto de hospitales. ¿El gran ganador? El correísmo. Mientras, unos cuantos ingenuos piensan que con la destitución de la ministra la violencia de octubre ha quedado saldada.

En eso estoy cuando mi hijo, cariacontecido, me dice que ha muerto Maradona. Aunque se veía venir, me apena. Entonces mi memoria me traslada al Mundial del 86 y lo veo salir con la pelota desde su propio campo, eludir como por arte de magia a 5 jugadores ingleses y a su arquero y marcar el mejor gol de la historia. Un poco antes marcó otro, el de la “mano de Dios”, el de la trampa. Tal vez ahí empezó su debacle, reflexiono.

La Guerra de las Malvinas estaba muy cerca y la derrota de Inglaterra a manos de Argentina se vivió como una suerte de revancha, de la que creo que muchos latinoamericanos nos sentimos parte. ¿Qué importaba si el gol había sido ilegal? Argentina era reivindicada y Maradona se convertía en un dios, pero un dios que había marcado un gol con la mano. A lo mejor, me digo, eso es el reflejo de la cultura política de nuestro continente, en la que una buena proporción de sus ciudadanos encuentran justificable la corrupción en ciertas circunstancias, el famoso “robó, pero hizo obra”.

¿Qué consecuencias tuvo en Maradona el ser idolatrado por marcar un gol con la mano? Difícil saberlo, pero pienso que quizá tenga algo que ver con su posterior trayectoria, marcada por la adicción y los excesos. Recuerdo también su simpatía por las dictaduras, la cubana, la venezolana, o en su afinidad con el “socialismo del SXXI” y me cuestiono si eso importa frente a su genialidad con la pelota. Fernando, mi querido primo porteño, me dice por chat: “El no es ejemplo. Mi padre lo es, yo lo soy para mis hijos. Entiendo que sin ser amantes del fútbol, sin ser argentinos, puedan ponerse en la balanza cosas más negativas. Conocer su historia puede ayudar a comprender (no justificar) un poco...” Sin embargo, al final, para muchos su magia se diluye en esa vida de abusos, violencia de género y apoyo a los enemigos de la democracia, que hacen difícil comprenderlo.

Vuelvo a mis disquisiciones sobre el juicio a Romo. ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya? ¿Acaso que en eso también vemos esa cultura política latinoamericana de la que hablé antes, de revanchismo, oportunismo y cortoplacismo? Puede ser, pero Diego Armando ha muerto, así que me quedo en silencio, más por respeto a quienes lo lloran, porque el ídolo para mi murió hace tiempo.