La democracia no es una feria

Con las primeras clarinadas de la mañana sonaron, durante 45 ensordecedores días, las ruidosas y confusas cuñas y arengas de campaña.

Cuando cundió el silencio electoral, la turbamulta emigró a los tuitters y los trolls tomaron el control de la situación. Los insultos y las descalificaciones se llevaron por delante los estudios de opinión y hasta los candidatos y politólogos mejor informados vivieron una ilusión óptica.

Cuando la prestidigitación y la magia se toman la cancha política, las tesis son un mar de fondo que nadie regresa a ver.

Acostumbrados ya a los parlanchines y charlatantes de feria las ofertas de campaña suenan a baratillo de mercado de pulgas.

Son muchas, son demagógicas. Las claves para ganar en esta inmensa pesca a mar y río revuelto son la tormenta y los oleajes.

En la tarima, antes escenario de oradores y retórica ilustrada, los vocingleros se rodearon de cantantes e imitadores. Desde los Iracundos estropeados, de hace cuarto de siglo, hasta los Quilapayún, versión criolla, que exhibían cánticos revolucionarios.

La rocola se tomó el estrado y el altoparlante llenó las plazas. Los canelazos de antaño trocaron en energizantes y los sanducheros claman por una camiseta. ‘Lástima que no esté Alvarito, él sí sabía dar’.

‘Don Buca’ decía en los albores del retorno a los gobiernos civiles, hace ya 40 años: ‘cuando vengan las candidaturas de la oligarquía a ofrecer arroz y regalos, acéptenlas compañeritos, pero el rato de votar, dénles yuca’ (no el tubérculo, el corte de manga o popular yucazo).

Así estamos marchando sobre propio terreno, como burro en molino, dejando huella, horadando ese mismo camino sobre el que pasamos una y otra vez.

Y así, 80 000 candidatos, 276 partidos y movimientos. 43 candidatos a un Consejo de Participación Ciudadana, de nefasta experiencia en la demagogia de la Revolución Ciudadana, cuyos vocales obedecían órdenes dictadas en Carondelet. Como en la justicia y el CNE; y la Asamblea borreguil, aquella de los alza manos, ni más ni menos.

Así, entre las aguas correntosas del invierno duro, entre las 109 alianzas triunfantes (algunas de ellas parecen números de larga distancia) asoman unos pocos partidos que intentan salvarse del naufragio.

Socialcristianos, Pachakutik. Los restos de la Revolución Ciudadana y su estela de prófugos y PPLs, todavía levantan cabeza para gritar a los cuatro vientos que no se han muerto ( Nebot lo dice), y un largo etc.

Los populistas no mueren nunca. En Argentina les prenden velitas, como a Evita, y les hacen gigantes monumentos funerarios. Desde el más allá siguen mandando, dictan esperpénticas lecciones revolucionarias y bolivarianas, como el pajarito, ese cuervo al hombro con voz de Chávez, repicando el discurso que repite Maduro.

Cuando las elecciones se confunden con feria y confeti, la reforma profunda impera. Más candidatos, menos democracia. Sobre la tierra arrasada queda el eco siniestro del populismo, de aquel, el de toda la vida…