Sebastián Mantilla

Democracia débil

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Miércoles 03 de agosto 2011
3 de August de 2011 00:01

A diferencia de lo que generalmente puede creerse, hemos entrado en una época indisociablemente negativa y débil en lo político.

El poderío de un presidente no implica necesariamente la fortaleza del Estado y su sociedad. En la época de Montesquieu o de los fundadores del régimen político norteamericano, una de sus preocupaciones fundamentales fue cómo prevenir la acumulación de poder. De allí la necesidad de limitar y equilibrar el poder dividiéndolo.

Lo que acabamos de ver en estos días en la Asamblea con motivo de la elección de nuevas autoridades se contrapone con lo afirmado. No hay una plena comprensión por parte los actores del papel que debería cumplir la Legislatura e incluso el Ejecutivo. La reacción del Presidente, al terminar la elección del titular de la Asamblea, “¡vencimos!, los traidores serán olvidados fácilmente”, revela no solo el grado de inmadurez sino de desconocimiento de cómo debería conducirse un Estado.

La anulación de la elección de Betty Amores como primera vicepresidenta del Parlamento por parte de Fernando Cordero es muy mal precedente. Significa, sobre todo, la intención de este régimen de lograr sus objetivos a toda costa, atropellando procedimientos e instaurando la manipulación electrónica en el conteo de votos. La Asamblea, desde esta perspectiva, sigue viéndose como mera instancia de trámite y aprobación de leyes. El valor del debate, la deliberación política y consecución de acuerdos están descartados, peor aún ver a la Legislatura como instancia necesaria de fiscalización del Ejecutivo.

Todo lo que vaya contra esta tendencia de acumular y concentrar más poder significa ser traidor o desleal. Más democracia significa más sospecha hacia los poderes, interrogación permanente de un régimen sobre sí mismo, que sus autoridades sean fieles a sus compromisos y se obliguen a mantener viva la exigencia inicial: servicio al bien común. En este sentido, César Rodríguez, ex asambleísta de Alianza País, ha sido tajante: “¡Despertemos! Nuestra lealtad es con el proyecto revolucionario, no con los intermediarios de la farsa”.

En realidad, si se hace un análisis detallado de todos quienes impulsaron en un inicio este proyecto, mal llamado de la “revolución ciudadana”, son muy pocos los que quedan aún a bordo. Es escandaloso ver cómo un gobierno autodenominado de izquierda esté liderado por elementos de la derecha más recalcitrante. La mayoría gobiernista en el Parlamento está pegada con saliva. Tarde o temprano la chequera no será suficiente. Si los actores quieren mantenerse vivos en la lid en los próximos años, tendrán que cuidar su imagen. Son las evidencias de un país que no termina por cuajar. De una democracia débil.