Lolo Echeverría Echeverría

El consejero y la mesa chica

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Sábado 14 de septiembre 2019

El consejero del Presidente era un caso especial. Por decreto se creó el cargo a la medida del amigo y por decreto se eliminó el cargo cuando se alejó del gobierno. Santiago Cuesta tenía ese tipo de privilegios: con su talante gritón, hablaba con autoridad, parecía hacerlo a nombre del Estado, del gobierno, del Presidente y terminaba hablando en primera persona; era el hombre fuerte de un gobierno débil. Hizo el papel de policía malo y contrastó con el talante bondadoso del Presidente. Su salida ha servido para que la mesa chica se crea más grande.

La política suele funcionar así: con un movimiento pendular; un gobierno manso reclama un gobierno autoritario y un régimen de izquierda llama a un régimen de derecha. Pero internamente también funciona con ministros bonachones y ministros agresivos que hacen el trabajo sucio actuando al margen de la diplomacia y poniendo las cosas en su puesto. En los medios también se solía decir que cada redacción necesita el “reportero maldito” encargado de hacer las preguntas duras que odian los políticos.

Dos medios de comunicación, un diario y un portal, han aprovechado filtraciones de dentro para hacer conocer que hay divisiones y luchas de poder dentro de la mesa chica. No creo que escandalice a nadie saber que los políticos, tan apegados a la ley, la lealtad, las buenas maneras y todas las cualidades, juegan territorio con navajas como en callejón de barrio. Lo que puede escandalizar es que alguien de la mesa chica que ha quedado más chica después de la salida de Cuesta, haya dicho que ya no le toleraban al hombre fuerte del gabinete y tras una larga y tensa reunión hayan dicho: Presidente: Cuesta o nosotros. Una verdadera rebelión en la mesa chica. Si fuera falso, habría allí gente de no fiar y si fuera verdad, hay allí un sindicato de ministros.

Por parecer fuerte, la mesa chica ha delatado a un gobierno débil que no es el que necesita el país para afrontar realidades que demandan liderazgo, incluso con audacia para jugarse el capital político escaso. Nadie, en ninguna parte, en ningún tiempo, ha podido superar la crisis que dejan los gobiernos que gastan más de lo que tienen, sin un ajuste drástico y medidas para movilizar la economía. Ajuste a los pobres y ventajas a las empresas, una receta para liquidar gobiernos; solo es posible cuando las autoridades tienen la capacidad de persuadir a los ciudadanos de que los ajustes son temporales, que saben lo que hacen y que no hay otra salida. Si las medidas son coherentes, suficientes y oportunas, son temporales porque el resultado es el crecimiento. Con la mesa chica dividida en grupos o con funcionarios que sueñan en candidaturas no tendrán la posibilidad de concebir, anunciar y defender las medidas para afrontar la crisis. Nuestra economía sin inflación facilita las cosas pero ya no queda tiempo para seguir aplazando las decisiones.

lecheverria@elcomercio.org