Andrés Vallejo

Quito al borde del precipicio

El deterioro de casi todo en Quito debe alarmar a todos. No es un problema que empieza ayer, porque los niveles de inseguridad y la violencia intrafamiliar aumentaron hace años, pero los índices de desempleo –los peores del país- y el negativismo de la gente se han incrementado notablemente en los últimos tiempos. El ánimo de la gente está por los suelos, no tiene esperanza en un futuro mejor. El diagnóstico es de depresión, estado de ánimo muy peligroso y potencialmente explosivo.

Si a esto añadimos el desconcierto en que vive la Municipalidad, que es como prender la mecha a la bomba de tiempo que estamos viviendo, nadie pude descartar que se avecinen situaciones que pueden ser incontrolables.

La responsabilidad que al respecto tienen quienes gobiernan la ciudad es enorme e indelegable. Alcalde y concejales tienen que poner fin a una situación que cada día es más insostenible. Con desprendimiento, patriotismo y generosidad. No es un problema solo del Alcalde, quien, por supuesto, tiene la mayor responsabilidad, tanto en la administración de la ciudad, en resolver sus problemas y en poner punto final a lo que sucede, sino también –y conjuntamente- de los concejales metropolitanos. Todos ellos tienen que encontrar una solución al abandono de la ciudad. Al deterioro de los servicios, al agudizamiento de los problemas, a la cuasi acefalía de la administración.

La inestabilidad en los altos cargos es enorme. Varios gerentes –cinco, seis- en las principales empresas, antes ejemplo de eficiencia y honradez. Los funcionarios actúan con miedo y no contestan una llamada ni emiten una orden que no esté respaldada, por escrito. Nada funciona, los procesos no fluyen, todo se entorpece más de lo que se ha convertido en normal en la burocracia municipal y espesa que padecemos casi inmemorialmente. Y así el deterioro se generaliza y la depresión se incrementa.

Esto no puede seguir así, a menos que ya nada importe y el suicidio sea una solución desesperada. Porque a eso nos encaminamos. Una ciudad que no reacciona, que no se administra, que solo se queja, que nada construye, está condenada a desaparecer o intentar alguna acción heroica que haga reaccionar a la gente, a las autoridades, a la comunidad.

Empecé a escribir estas líneas sin conocer la resolución del Concejo sobre la remoción al Alcalde Yunda. Los concejales tienen la obligación de reaccionar positivamente y encontrar una solución a la situación anómala que afecta a la ciudad y la coloca al borde del precipicio. Deben explicarse satisfactoriamente las inculpaciones. Deben resolverse los pendientes. No debe quedar ninguna duda. Deben encontrar el camino que saque a Quito de la gravísima situación en que se encuentra, tan grave como para que puedan actuar como lo hacen los aventureros y sinvergüenzas que prostituyen la participación ciudadana.

Esto no puede seguir así un día más.