Marco Antonio Rodríguez

Ochoa

La migración asuela a muchos países del mundo: secuelas que labran los corrimientos poblacionales, familias y sitios vacíos y vaciados, seres enlutados por pérdidas insustituibles, niños y niñas, hijos de nadie. Pero no es solo el infortunio del desarraigo, sino el de la huida, y se huye para no volver. ¿Para qué regresar a países arrasados por autocracias, corrupción, racismos, xenofobias? Naciones de nadie donde campean el poder por el poder y la cesación de todo aquello que nos hace ‘humanos’.

Este es el territorio aprehendido por Tomás Ochoa (Cuenca, 1965): indígenas, colonialidad, excluidos, enclaves mineros, perdidos en la memoria de una humanidad que fue. Con ojos ávidos, el artista ha registrado estos escenarios en una soberbia propuesta estética: ‘¿Quién nos dirá de quién, en esta casa/ sin saberlo, nos hemos despedido?’ Ochoa reconstruye el mundo de quienes han tenido que emigrar –la humanidad de sí misma-, a través de imágenes que dejan espacios abatidos y silenciosos, manando expoliación, desamparo, muerte.

Andes fue su primera serie. Ecos del ayer. Murmullos de un viento antiguo. Señales de ese iniciante y conclusivo signo que es la naturaleza profunda de la vida. Conjuro de nuestra raíces. Sobre el negro que fungía de telón de fondo, una luz viboreaba llamando a la reconquista.

Señales y Líticos: denuncia y rebelión por un planeta saqueado. Lítico alude al ánima de la piedra. Lienzos exhibiendo facsímiles de paisajes esquemáticos simulaban los despojos dejados por el ser humano, el gran depredador. Pero en el genio de Ochoa siempre hay un más allá. La piedra -que es el tiempo- lo único fijo. A su alrededor signologías, erosiones, raspados, hitos del saqueo de la naturaleza, pero que avizoraban otros sucesos.

Bestiario: Derrida, Barthes, Deleuze, Levinas, Baudrillard… y su huroneo en una humanidad consumada por la ‘era orbital’, alumbraron Bestiario, peregrinaje por sus interioridades, hecho artístico ‘narcisista’ y amoral. Conversión en presa. Una poética despiadada urdía las imágenes.

Devenir animal es un formidable fresco. Extraído de las entrañas de la Plaza de San Francisco de Cuenca, se erigió en crítica feroz de nuestros valores éticos y morales, religiosos y políticos. Obra subversiva; su fecundidad espiritual radica en que asedia los ordenamientos de la moral, tanto en los originados en el prestigio de la tradición, como aquellos que nos ofrecen los ‘revolucionarios sociales’.

En sus últimas series, Ochoa cede la palabra a los ‘otros’ y recupera los rostros de los sometidos (minadores de oro que untan partículas en sus ruinosos cuerpos para guardar algo que nunca les pertenecerá).
Fotografías sobre algodón quemado con pólvora y video. La ruina como eje cardinal. ‘Todo lo que la historia tiene desde el principio de intempestivo, de doloroso, de decadencia, está alegorizado por la ruina’: Walter Benjamin. El gran artista se autoexilió, no pudo seguir en un país que cada día le pertenecía menos.

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