Marco Antonio Rodríguez

Casamín




Ancestros suyos debieron ser quienes tallaron columnas, cornisas, pilares de nuestros templos. O aquellos que obraron en piedra ornamentaciones compuestas por arabescos y tracerías, o trabajaron en pan de oro. Casamín es agnóstico, pero al entrar a una iglesia le conmueven sensaciones semejantes a las que sintió cuando atisbó el mármol de Carrara.

Nadie es responsable de existir, de estar fraguado de tal manera, de hallarse en tal circunstancia. La fatalidad de ser no puede ser desmembrada de todo lo que fuimos y seremos. En esto cree Casamín. Y si no hubiera sido por la escultura, no tendría razón de vivir. ¿El fatum griego? ¿Determinismo radical?

Casamín es pequeño, vivaz, vigoroso, obstinado; trabaja en ese oficio y sus derivas de vanguardias desde que salió de la barriada del sur de Quito y fue oyente deJesús Cobo. No deja de estudiar, incluidas maestrías y talleres en Europa. Vinieron sus dos hijos y cerró el círculo. Sus hermanos siempre pendientes.

Los seres humanos somos la enfermedad más que la curación. De allí su serie de Máscaras: abrumadoras, mordaces, desorbitadas, asidas a soportes de acero inoxidable. Dolor y coraje. “La idea está en el mármol”,dijo Yve-Alain Bois. El mármol es el material preferido de Casamín, pero no se represa; trabaja piedra, arcilla, madera, acero, chatarra y sus aleaciones. Retorno a los saberes del hechicero que exime la forma subsumida en la materia.

​Si el sueño originario de Casamín nace de un vuelo de su imaginación, el trabajo para plasmarlo en formas rigurosas constituye la enmienda de una exuberancia de pasiones, la depuración de la pasión, la busca de su esencia.

Abrazo al artista y no puedo dejar de recordar la figura de un ser (mujer, hombre o extraplanetario, da igual), desnudo, inerme, atravesado por una lanceta, oscilando desde una placa de metal. No está muerto ni agónico, está herido malamente, braceando contra el mundo.

​Como un aullido, desde el fondo del tiempo, se yergue la escultura de Casamín.

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