Marco Antonio Rodríguez

Amigos

Henry David Thoreau, autor de Desobediencia civil, manual de figuras como Mahatma Gandhi o Martin Luther King, decía que tenía tres sillas en su casa: una para la soledad, otra para la amistad y la restante para los demás. Asceta puritano, vivió años recluido en un bosque, “aprendiendo lo que quería enseñar”. Políticos, ecologistas, defensores de derechos, “animalistas”… acogieron sus postulados morales y éticos, desde su escepticismo sobre los sistemas, hasta su prédica de respeto para todo ser vivo.

En la adolescencia y juventud abundan los amigos, en la adultez disminuyen. Se multiplican si el amigo encarna algún poder. Luego se disipan: humo de una frágil fogata; hasta que en su último capítulo el ser humano retorna a su soledad esencial. (Somos tiempo, aún más, conciencia del tiempo). Al vencedor le asfixian los amigos, al caído lo alejan y abandonan. William Blake, insano o visionario, reveló que la amistad le hería de muerte y clamaba a los amigos convertirse en enemigos.

La familia nos inicia en el ‘oficio de vivir’; mundo ambiguo –así sea caótico– nos cubre de amor. Apartados de él aprendemos la doliente y gozosa lección de la vida. Los amigos enseñan: juntos develamos caídas, culpas y coartadas; fiesta, música, euforia, sueño de devorar el mundo.

Mano que se funde con la del amigo para apretarla en fatiga o hastío o para subirla en alegría y alborozo. Abrazo para levantar al que zozobra y abrazo para alegrarse con el afortunado. Llama que se aviva cuando todo se ensombrece.

Martí versa en un poema que hay que cultivar una rosa blanca para el amigo sincero y también para el cruel. El tiempo corre y nunca es el mismo; los senderos se bifurcan, horadados por los lívidos agujeros del olvido. La jorga se dispersa y no atinamos cómo volver a congregarla.

Una distante bruma, una secreta vocación de ausencia sobreviene al tratar de recordar los rostros de los amigos que nos ha otorgado la vida; la silla destinada a la amistad está cada vez más vacía.

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