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En Quito, el Club de Hombres enseña a prevenir la violencia

Los hombres se reú­nen en grupos y reciben apoyo profesional para sanar heridas y dejar de replicar el maltrato. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Entre enero y marzo de este año, 5 696 emergencias relacionadas a violencia intrafamiliar llegaron hasta el sistema ECU-911, en Quito. Se incluyen agresiones físicas, psicológicas y sexuales a la mujer y otros miembros de la familia. En ese mismo período de 2021 fueron 5 469; en 2020, 6 255 y en 2019 fueron 6 680. Y apenas hace una semana, los números se tradujeron en una joven atacada por su expareja en el parque La Carolina.

Prevenir y cambiar ese panorama es la misión vigente en el Centro de Apoyo Integral Tres Manuelas. El Club de Hombres por el Buen Trato es uno de los aliados. Si bien este espacio surgió en 2010, con la pandemia ha tomado fuerza. La demanda de ayuda ha subido.

¿Cómo concienciar a los hombres?

Dos grupos, de 20 y 10 hombres,  recibieron herramientas para salir del círculo de violencia. Unos llegaron por orden judicial y otros, voluntariamente. Hay al menos 100 más en lista de espera. Antes de la pandemia esta fila no existía.

Roberto Moncayo, coordinador del centro, cuenta que se planifican más jornadas; el pasado sábado hubo un encuentro con 50 personas que cumplieron 20 sesiones (dos horas cada una, por cinco meses) que oferta el club.

En el establecimiento, ubicado en el Centro Histórico (calle Loja, entre Venezuela y Guayaquil), han atendido a 540 personas. Y la segunda semana de mayo arrancarán con nuevos grupos. Todo surgió porque en el proceso de atención a mujeres víctimas de violencia quedaba fuera un eslabón fundamental: el hombre.

Empezaron los acercamientos a través de ellas y luego se dio el vínculo con la vía judicial. Es decir, tras una denuncia de una mujer agredida, la justicia emite una resolución, incluye en el proceso a expertos y hay un informe.

En el centro laboran cuatro psicólogas, dos abogados, dos trabajadoras sociales, cuatro promotores comunitarios y personal de la Fiscalía.

También llegan personas remitidas desde la recién inaugurada Junta de Protección de Derechos de la Mujer y el Adulto Mayor, que también está en la zona patrimonial de Quito. Todos los días llegan al menos tres casos.

Moncayo hace un paneo por el programa, que promueve cambios de conducta que generen nuevas formas de relacionamiento basadas en el afecto y en la mejora de su autoestima. Busca responsabilidad de los hombres hacia su comportamiento violento.

Metodología de trabajo

En una sala del Centro Tres Manuelas, uno de los grupos inicia contando las experiencias que han vivido con sus parejas, en sus hogares y lo que suele ser el inicio de todo el problema: la infancia.

Para Hólger, de 52 años, regresar a esa dura etapa de su vida es recordar castigos crueles” por parte de su padre, quien era una persona alcohólica y que llegó incluso a colgarlos a él y a sus cuatro hermanos con una soga. Su madre también era agredida frecuentemente.

El ambateño se marchó de la casa cuando tenía 18 años de edad. Tuvo su primera pareja a los 21. Pero de ella, afirma él, solo recibía humillaciones. Ahora él es mecánico industrial de profesión.

Al llegar a Quito esa dinámica de maltratos se replicó en una nueva relación. Conoció a la que sería su esposa. Con ella repitió el trato agresivo, por años.

Hólger trató de cambiar, pero tras una discusión volvieron las agresiones. Ella lo denunció y, por una orden legal, él llegó al Club de Hombres. Allí recibió guías y, asegura, fue curando esas heridas.

Moncayo explica que, justamente, hay un factor común en todos estos casos: los maltratadores de hoy fueron víctimas, violentados en la infancia y la adolescencia y no tuvieron herramientas para procesar esas vivencias.

Hay alertas que avisan de una posible agresión: discutir, sentir ira, explotar, gritar e insultar. Pero se puede romper ese círculo.

Hólger siente que está sanando, aunque ahora él recibe maltratos de la mujer con quien ya no comparte el hogar. Por eso Moncayo insiste en que la asistencia profesional tiene que aplicarse a la pareja. Afirma que ha visto casos en los que las mujeres son quienes agreden y sus denuncias son resultado de represalias

Luis también va a la capacitación y cuenta que su expareja lo acusa falsamente: “Dice que soy violento, alcohólico, irresponsable”. Él asegura que no lo es.

Cierto o no, reitera el especialista, versiones como la de Luis corroboran que el seguimiento y la asistencia son claves.

En esa ruta les apoyan para crear un nuevo plan de vida y hay reuniones con las familias. Si las 20 sesiones no son suficientes, hay guías extendidas que incluyen terapias familiares.

Hay quienes, adicionalmente, tienen problemas de consumo de alcohol y otras drogas. Un requisito es que sigan y reciban asistencia extra ­para ese problema.