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Seis taludes ponen en riesgo a la autopista General Rumiñahui

La Prefectura realiza actualmente intervenciones en los taludes de la vía entre Quito y Los Chillos. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

A Flor García se la ve preocupada. Harán dos meses que el talud que está a unos pasos de su casa de cuatro pisos se desmorona. Tiene miedo y ya cubrió la tierra pelada con un plástico negro, como si fuera un velo.

Lo que apresuró la inestabilidad de la peña fueron las lluvias torrenciales que cayeron el pasado mes de abril, apunta la mujer que llegó a vivir en el barrio Edén del Valle (cuarta etapa) hace más de 35 años.

Su predio se levanta a casi tres metros de la autopista General Rumiñahui, la arteria que une Quito con el valle de Los Chillos y por donde circulan 58 000 usuarios al día, según datos actualizados del Gobierno de Pichincha, administrador de la vía.

El talud de la casa de García es el menos problemático de todos los que hay en ese sector, pues es fácil ver otras viviendas colgadas en la vera de la vía. Los más sensibles son aquellos que están entre El Trébol y el barrio Orquídeas, en el sentido Quito-Los Chillos. De ese tramo en cuestión hay estudios al detalle, menciona Edwin Herrera, director de Vialidad de la Prefectura. Y el último trabajo que allí se hizo fue el del declive El Trébol, cuya estabilización concluyó ­hace un par de semanas.

En total, en los dos sentidos de la autopista, entre el parque Cuscungo y el puente Amarillo (algo más de un kilómetro) hay seis taludes sensibles. Actualmente, dos de ellos son intervenidos, están en un tramo de 50 metros de longitud del barrio llamado Alma Lojana.

En ese punto, se ve trabajar a una cuadrilla de ocho a 10 obreros. La obra podría estar lista en septiembre, según el cronograma. No hay cierre de vía, pero sí varios atascos de autos, sobre todo en las horas pico.

El próximo año se trabajará en los restantes cuatro taludes considerados sensibles, menciona Herrera.

La obra se hará paulatinamente, según los avances de los estudios y la disponibilidad de los recursos.

Las fallas se originan por varios factores. Uno de los más importantes, según Andrés Sandoval, coordinador de la autopista, es que las personas construyen sus casas sin contemplar el sistema de alcantarillado y el agua se filtra por zonas ina­decuadas y va debilitando a la tierra.

Estos inconvenientes no son de ahora, hace 15 años algunos habitantes de las casas que se levantaron a lo largo de la vía alertaron de los problemas, pero Flor García jamás se imaginó que su casa del Edén del Valle también estaría “metida en la colada”. Más aún cuando, recuerda, “una arquitecta del Municipio me dijo que no era necesario hacer ningún muro de contención porque el talud jamás de deslizaría, porque era de chocoto (mezcla de materiales como barro, paja y excremento de ganado)”.

A unos 25 metros de la casa de García, en la calle Línea Férrea, más de lo mismo: una vivienda de tres pisos corre el peligro de irse a la autopista. Berta Loor y los seis integrantes de su familia viven allí desde hace 12 meses.

Un pariente -relata- le prestó el inmueble y de la noche a la mañana empezó a derrumbarse la pendiente.

La Prefectura de Pichincha le auxilió y puso un enorme plástico negro.

Aun así, duerme con miedo sobre todo cuando llueve y, por eso, insiste Loor, siempre está con algunas maletas en la puerta de calle por si “toca salir a saltos y a brincos”. Con ese temor no hay noche que concilie el sueño por ocho horas seguidas.

Frente a la casa que ocupa Loor, al otro lado de la autopista y en sentido Los Chillos-Quito, se observan dos predios en peligro. En esa zona se asienta el Conjunto Carolina, con 52 casas de dos plantas cada una.

Ese dato lo proporciona Milton Estrella, vicepresidente del condominio. Del total de viviendas, ocho son las afectadas; ese problema lo acarrean desde hace 10 años, pero con el último temporal se incrementaron los deslizamientos.

Miriam Ripalda, de la casa 34, lamenta que su predio sea uno de los afectados, pero las de algunos de sus vecinos están en peor situación. Recuerda que hace cuatro años compró la casa y al poco tiempo la tierra comenzó a bajar en cada aguacero.

La única solución definitiva, repite, es levantar un muro de contención, pero es una obra tremendamente costosa y “ni vendiendo el alma al diablo se podría conseguir el dinero para hacerlo”, acota Ripalda.

Sobre los trabajos onerosos, Herrera lo confirma. Solo estabilizar el talud de El Trébol le costó a la Prefectura USD 350 000; y los que este momento se hacen en el barrio Alma Lojana suman más de USD 210 000.

El ofrecimiento de las autoridades de que el próximo año se intervendrán los taludes que están a la altura de la vía Línea Férrea tiene esperanzadas a Ripalda, a Loor y a García; ellas cuentan los meses para que aquello se concrete. Mientras tanto, miran de reojo cómo la montaña, poco a poco, sigue desmoronándose.

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