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En Chillogallo se fraguó la independencia

Chillogallo es una parroquia urbana de Quito que fue una zona rural hasta finales de los años 70. Foto: Carlos Noriega / EL COMERCIO

‘Es algo grandioso saber que la salida del yugo español se fraguó aquí”, dice orgulloso Héctor Toapanta refiriéndose a Chillogallo, barrio en el que vive desde hace 60 años.

A los 13 migró desde Guaytacama, en Latacunga, y se enamoró del pueblito a las afueras de Quito. Se llena de fervor cívico cada que la fecha se acerca.

Está listo para embanderar su casa desde el 22 de mayo, fecha en que el Mariscal Antonio José de Sucre llegó a Chillogallo para planear la estrategia militar que daría como resultado la anexión de la Real Audiencia a la Gran Colombia.

Sara Clavijo es la responsable del Centro Cívico y Cultural Mariscal Sucre que funciona en el mismo lugar donde se ideó el ataque al ejército español. Delante del antiguo edificio, que data del siglo XVIII, se yergue un monumento de Sucre.

“La gente de Chillogallo es muy orgullosa de sus raíces”, cuenta mientras recorre las salas que conforman la casa de hacienda que fue también ocupada como granero.

Allí pernoctaron las tropas independentistas la víspera de la batalla. El domingo 22 de mayo se celebrará en el parque la parada militar que recreará los hechos de 1822.

Casi a punto para la celebración está Wilson Ortuño. “Claro que hay que poner las banderas”, dice muy seguro mientras las busca en su bodega.

Una de ellas tiene un pequeño agujero, pero pide a su esposa que la arregle para colgarla en el balcón. Generaciones antes que él vivieron allí. Han visto transformarse hasta ser parte de la ciudad. En su familia siempre recuerdan anécdotas de cómo se vivía antes de la modernización.

La historia de Sucre llegando por coincidencia hasta esa gran hacienda la sabe de memoria. También cómo los campesinos de la comunidad guiaron a las tropas por las faldas del Pichincha hasta la Cima de la Libertad.

Incluso el nombre Chillogallo se dice que nace de ese suceso. Cuando el Mariscal pidió a los habitantes despertarlo cuando cante el gallo y uno gritó “chilló el gallo”. Sea verdad o leyenda, lo cierto es que el orgullo infla el pecho de los habitantes, nuevos y antiguos, de una de las parroquias más grandes de la actual – y libre – capital de todos los ecuatorianos.