26 de octubre de 2020 00:00

Pandemia no detuvo a estudiantes adultos

Teresa Sánchez tiene 39 años, estudia y también trabaja como empleada doméstica. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.

Teresa Sánchez tiene 39 años, estudia y también trabaja como empleada doméstica. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.

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Yadira Trujillo
Redactora (I)

Cuando Teresa Sánchez tenía 11 años, su padre murió. Ella cursaba el tercer grado y su madre no podía solventar los estudios de seis hijos. Todos dejaron la escuela.

26 años después la mujer decidió retomarla. Hoy tiene 39 y cinco hijos, de 23, 21, 19, 14 y 3 años. Trabaja como empleada doméstica, pero su deseo es cambiarse de empleo, cuenta.

Desde hace dos años ella se integró a la Campaña Todos ABC para jóvenes mayores de 15 años y adultos con escolaridad inconclusa, que actualmente cursan 69 450 estudiantes desde sus casas.

Las actividades para esta oferta extraordinaria fueron modificadas en función de la pandemia. Se enseñan solo contenidos imprescindibles y se usan fichas pedagógicas.

Este miércoles, Teresa empezará postalfabetización, para culminar séptimo de básica. Se levantará a las 06:00 y preparará el desayuno y el almuerzo para su familia. Irá a su trabajo desde las 08:00 y pasadas las 14:00 volverá a su casa para realizar los deberes, que deberá enviar hasta las 22:30.

Recibe tareas por WhatsApp, videos explicativos y audios de sus maestros. Cuando no entiende algo, cuenta, sus hijos le ayudan a buscar refuerzos en YouTube. También puede llamar a los docentes.

2 532 maestros atienden a la población de jóvenes y adultos a escala nacional. Una de ellas es Verónica Simbaña, quien coordina las clases telemáticas de 451 estudiantes de un plantel en Guamaní, al sur de Quito.

Un 70% de sus estudiantes, dice la maestra fiscal, son padres de familia. Entre ellos hay quienes se quedaron sin trabajo a causa de la pandemia. Además, no todos cuentan con acceso a herramientas digitales o Internet. En el período que finalizó en medio de la crisis, apenas el 45% de alumnos se conectaban a las clases en línea, indica la docente.

Al resto los asesoran de modo personalizado. “Si alguien no se conecta a tres clases le llamamos. Les motiva que su maestro esté pendiente”.

Las historias de sus alumnos, cuenta Verónica, son conmovedoras. Ellos están bien enfocados en lo que quieren, dice, y eso les motiva a no abandonar sus estudios como lo hicieron años atrás. Varios de sus estudiantes se contagiaron de covid. “La enfermedad no les permitía conectarse, pero cuando se recuperaron entregaron sus portafolios”.

Segundo Pilco, de 48 años, culminó básica superior y empieza el bachillerato esta semana. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.

Segundo Pilco, de 48 años, culminó básica superior y empieza el bachillerato esta semana. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.


En el contexto de la pandemia, el Ministerio de Educación definió que las horas de clase sincrónicas (en vivo) se acuerdan entre estudiantes y docentes. El trabajo autónomo que realiza el estudiante se calcula en dos horas diarias.

Para cumplir con ese ritmo, Segundo Pilco organiza anticipadamente sus viajes de trabajo. Es ayudante de transporte de carga pesada. El hombre de 48 años se conecta a sus clases por Zoom, de 18:00 a 22:00 todos los días, desde su casa ubicada en Calderón.

En junio se contagió de covid-19. Los síntomas lo indisponían, cuenta, pero continuó en clases. Cuando se recuperó le despidieron de la empresa en donde trabajaba. “No me di por vencido y no pienso hacerlo”. Segundo aspira a convertirse en bachiller para ser chofer profesional.

La inversión estatal por estudiante varía según la oferta que cursa, en función del material educativo y de los docentes requeridos. Los costos van de USD 336 hasta 669 por alumno.

La Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu), de diciembre del 2018, muestra que en Ecuador hay alrededor de 5,3 millones de personas con escolaridad inconclusa.

La Cartera de Educación considera que estas cifras se incrementarán, ya que los estudiantes adultos son personas con trabajo formal e informal y amas de casa, cuyos ingresos se afectaron por la pandemia. “Seguramente han priorizado el sustento para su familia, viéndose obligados a abandonar sus estudios”.

El abandono escolar a causa de la emergencia es muy probable en jóvenes desde los 13 años, que están en posibilidad de aportar económicamente en su casa, dice Claudia Tobar, directora del Instituto de Enseñanza y Aprendizaje (IDEA), de la U. San Francisco.

Programas como Todos ABC, dice, eran importantes antes de la pandemia y lo serán aún más después de ella para cubrir las necesidades de quienes abandonen sus estudios por la crisis.

Por ello, señala Tobar, es importante repensar el proyecto y plantear unos nuevos, para asegurar a estas personas, al menos, alfabetización y aritmética básica.

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